Mostrando las entradas con la etiqueta Novela. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Novela. Mostrar todas las entradas

TIEMPO- TEMPO


Ayer llegué a casa como de costumbre, a eso de las 8. La noche tendía una neblina terca sobre la ciudad y parecía no animarse de nuevo a la lluvia. Una humedad glacial cobijaba el ambiente, tornándolo más gélido, y sin embargo la gente inundaba la calle haciendo caso omiso al frío. Cuando abrí el portal del edificio –que estaba cerrado, como casi nunca-, me encontré con una gata pequeña que, hecha un bollo, me miró asustada. Si hay algo que me conmueve en el mundo son los gatos; en Buenos Aires tengo dos. Así que subí a casa, dejando atrás a la gata que aullaba desesperada, con la firme decisión de dejar mis cosas y volver a socorrerla.
Siempre me encantaron los gatos, literalmente: generan en mí una especie de hipnótico placer y una tranquilidad rayana con lo absurdo. Como las viejas locas que deambulan por los parques públicos, yo con los gatos hablo. Y no sólo eso, lo nuestro –con los míos, quiero decir- eran verdaderos diálogos, en los que casi siempre estábamos de acuerdo. Esta rutina me había traído algunos inconvenientes con el resto de la gente, que muchas veces prefería no verme a tener que compartir el espacio con mis cuadrúpedos malcriados.
Esta gata, ya lo presentía, no sería la excepción. Había subido un tramo de escalera y estaba en silencio; al verme maulló desesperada, y aquellos gritos, mezcla de terror y abandono, calaron más que el frío. La agarré entre mis brazos, la acaricié, le hablé bajito. Ella se dejaba hacer, resignada, sin el más mínimo atisbo de huir. Sus rayas gris oscuro sobre un fondo color canela me recordaron de inmediato a Mina, la felina porteña. Igual que ella, las delicadas y finas patas eran casi negras. Subimos juntas otro tramo de escalera y entramos al piso.
Mina había llegado a mi vida antes de lo aconsejable, ya que todavía no había sido destetada. Pero los dueños de la madre no podían con la carga de una lechigada de seis, así que se deshicieron de los bichos de inmediato. Lo curioso de este animal es que su padre es mi gato Paco, un bello ejemplar de angora blanco. Cierta vez fue requerido para calmar el celo de una siamesa y así nacieron tres gatos blancos de pelo muy corto y tres gatas como Mina, ella tan hermosa como extraña: rayada en gris con fondo canela, patas casi negras, orejas finas y puntiagudas, pelo corto pero sedoso, y paladar negro. Lo único que la diferenciaba de la gata madrileña eran sus ojos, rasgados y profundos. Sin embargo, en ambas miradas se notaba la tristeza.
La gata de acá iba y venía, ya sin maullar, inspeccionándolo todo. No se quedaba quieta un segundo. Era evidente que este animal había sido cuidado y conocía el afecto, ya que no se resistía a las caricias, y porque, además, hablaba. Sin embargo, las pupilas dilatadas seguían confirmando el terror que significa el abandono en una casa extraña, entre otros brazos, ante un idioma idéntico pero no. Un desarraigo que sería difícil de remontar, y que afirmaría sus ojos tristes.
Mina siempre fue una gata muy dulce, pero sólo conmigo, porque mantenía un exilio porfiado dentro del armario o debajo de la cama cuando en casa había un extraño. Y siempre supe que nunca se había olvidado de aquel destete prematuro y un viaje en taxi, maullando aterrorizada, entre mis brazos. Ni del encuentro con aquel gato blanco que durante días la persiguió, no entendiendo demasiado qué pasaba, y al que sin embargo logró adoptar como madre, chupándole las tetillas inútiles durante meses.
Le puse leche a la gata madrileña pero olisqueó y no tomó ni un sorbo. Tampoco quiso atún, la única comida más o menos gatuna que había en el departamento. Con la gata en la falda escribí cuatro papelitos, en los que daba cuenta de su paradero, con la idea de avisar a los vecinos, cada uno en su propia puerta. Mientras la acariciaba, dejé los papeles listos sobre el escritorio y a través del cristal me perdí en la noche que al fin había dado permiso a la lluvia, nuevamente. La gata ronroneaba y se animó a restregar su cabeza contra mis manos, que seguían acariciándola. Agarré el teléfono y llamé a Buenos Aires.
Mónica Marenda

RELATO IDEA POETICA

SE BUSCA

Hugo Tolosa dobló hacia el Rastro con el sol ya calcinante y la intención de desayunar. Esta mañana me levanté con el pie derecho y no me duché, mala señal. En el bar lo miraron raro: aquellas eran más bien horas para una caña y un pincho de tortilla. Pero cómo pueden… Tomó con pudor el café con leche, agarró la media luna (cruasán, ¡qué tupé!), y se apuró para volver a la calle. Hasta que entrara a trabajar, recién a las dos, podía hacer lo que quisiera. Tal vez le interesara detenerse en un kiosco y hojear algunas revistas para enterarse de una vez de qué va la cosa en este mundo; pero qué me importa. Todos los días igual: esa misma sensación de estar haciendo lo correcto que no lo dejaba en paz. Pensó que acá sería distinto, que cambiar de ciudad, de continente, de cultura, serviría para poder hablar de identidad, de la suya, de la que los demás sí veían y él no alcanzaba a distinguir. ‘Todas las hojas son del viento…’, tarareó a Spinetta.
Su trabajo en el periódico consistía en editar los anuncios clasificados. Había tenido suerte con el empleo, porque estar en el diario más notable del país le generaba un halo de importancia entre su gente que nunca antes había conseguido, ni cuando de muy joven escribía artículos para el vespertino de su ciudad. No importaba que la tarea en sí fuera verdaderamente innecesaria, porque poca cosa había para corregir en dos o tres líneas de un anuncio, salvo colocar bien las abreviaturas, cuidar que luego de un punto no saltara por default una mayúscula, y cosas por el estilo. Como nadie controlaba su trabajo, a veces se permitía la licencia de acomodar las piezas de acuerdo a su lógica. Le gustaba referirse a las palabras como partes de un juego, no ajedrez, que nunca había aprendido.
Pasó por delante del kiosco y sólo miró de reojo las portadas; qué caricaturas, por Dios, nadie podría haberse inventado mejor que éstos a sí mismos. Y los periódicos… Papel y más papel para hablar de casi cualquier tema, y decir nada. Levantó la vista: la ciudad se le antojaba más gris que nunca, a pesar del sol. Y más sucia. Tantas fachadas tapadas, tanta obra de reconstrucción; era mejor antes, cuando estos barrios funcionaban como centros de refugiados.
Iba por las angostas aceras pensando en las veredas anchas que hacía cinco años no caminaba. De a poco esta ciudad, como aquella, se va poblando de pobres, de gente que pide, de tipos que tocan melodías insoportables en el metro.
Ahora sí le apetecía una cerveza. Se metió en el primer bar aunque odiaba las tragaperras. Cómo pueden… Pidió una caña y cogió el único periódico que estaba a la vista. No era el suyo. Por defecto profesional ya, fue directo a la página de los anuncios. Le llamó la atención uno, que no se parecía a los que él pulía con indiferencia día a día. Tragó de tal manera que la cerveza pasó por el gaznate como una cuchilla. Anotó el número en una servilleta. Esa sería la llamada del día.


Mónica Marenda

RECUERDO

UN, TRES, DOS

Estaba ahí, sentada en una silla del comedor, como doblada, partida al medio sobre sus rodillas. Un mechón renegrido le caía sobre el perfil afilado, en realidad todo su pelo le tapaba la cara, invisible tras las manos. Tenía el cuerpo convulsionado aunque sus movimientos eran discretos, reconcentrados en un llanto violento pero íntimo, de desconsuelo único, escuchado por primera vez. Era raro verla así, quebrada. Nunca había sido una mujer suave o débil, con ese carácter de los mil demonios que tenía. Los que la conocían bien decían que era como un potro sin domar, porfiado en su rebeldía, arisco por no saber qué son las caricias. Sin embargo, en esa filmación de súper 8 en la que está saltando a la cuerda, muy joven y ya con hijas, sonreía. O en la foto de Mar del Plata, aquella de la playa y su bikini ¡en esa época! O cuando volvía de compras con chocolates Bonafide, los mejores de la ciudad, según ella misma. Era capaz de sonreír.
A los 37 seguía tan altiva como siempre, quizás porque dos veces había estado a punto de morir. O porque su historia de amor había sido única, como desde ese día su dolor. Hacía dos meses que prácticamente no la veíamos, ella en el sanatorio de la Capital, nosotras en casa, en el pueblo. Estaba más delgada. Nos acercamos despacito, como si aquel lamento fuera suyo en exclusiva, como si se presentaran a darle el pésame tres desconocidas. Avanzamos entre la gente, enlazadas una a otra entre nuestros brazos, de menor a mayor, yo en el medio. La casa estaba repleta y por eso el silencio se hacía más patente. El silencio y su llanto. Todo el mundo nos miraba esperando el momento en que nos reuniríamos después de tantas cosas. Escoltada por su madre, que nos indicó con una mueca que no lloráramos nosotras a su vez, ella levantó la vista y dejó caer los brazos. Tenía la mirada perdida y la desolación que impuso su figura fue tal que las tres al mismo tiempo caímos arrodilladas a sus pies, llorando desesperadas, nuestras cabezas buscando su regazo. Sus manos seguían quietas sobre la pollera, una sosteniendo a la otra, como muertas. Siempre me habían gustado sus manos, de alguna extraña manera las envidiaba, las mías de niña todavía, las suyas tan prolijas, con una piel cetrina y suave, y unas uñas preciosas, largas y pintadas de colores llamativos, a la moda. Ese día las llevaba descuidadas y más cortas. Los dedos extensos y finos también estaban despojados, salvo el cintillo de brillantes y la alianza rodeando el anular izquierdo, incondicionales en el compromiso, uno atrás del otro. Sólo dos anillos para reafirmar su amor, lo único por lo que vivía.
Dos manos inermes y sus anillos se nublaron ante mi vista, empapados de nuestras lágrimas, húmedos de sollozos profundos, entrecortados, inconsolables. Nadie hablaba, quizás sí hubo otros llantos. El ambiente estaba cargado de estupor cuando ella abrió la boca, los labios caídos, en la propia mueca muertos. Entonces, aquel balbuceo mojado se quedó para siempre entre nosotras. Qué vamos a hacer sin papá, dijo en un susurro.
Una sola frase, tres pares de brazos alrededor de su cintura y dos manos quietas. Eso trajo todo lo demás.

Mónica Marenda

HISTORIA DE AMOR


Hoy es una de esas noches blancas, cuando el insomnio está dado por la certeza de saberte en el otro. Juego de espejos, laberintos del alma. Sorpresas. Aquí y ahora Buenos Aires. O quizás Granada. Después.
Allá era primavera, era el paseo de los tristes. La Alhambra parecía un cuadro de la noche enmarcado por la ventana del piso de mi amiga Elena. La magia nazarí impregnaba el ambiente, aún cuando hacía pocas horas que me había metido en aquel universo. Yo estaba acompañada por Juan, mi pareja, y habíamos ido a visitar a Elena, que vivía con un amigo, en España estudiante de postgrado. Pablo era un ser nombrado mil veces, pero invisible hasta entonces. Un desconocido, de mil maneras anónimo a través de los relatos de Elena. Ya habíamos comido y bebido, y estábamos dispuestos a partir a nuestro hotel cuando Pablo entró en la casa. La sorpresa al mirarnos fue tal que yo sentí que la evidencia era inevitable. Bastó una mirada para saberlo, nos habíamos reconocido a los ojos, como los animales cuando se huelen. Luego de las presentaciones, Pablo nos invitó a quedarnos por una copa, con las consabidas justificaciones del caso: que es primavera, que es el paseo de los tristes, que es la Alhambra custodiándonos desde allí atrás, que no puedo entender qué me pasa, si yo no te conozco, si hasta hace cinco minutos sólo eras para mí un nombre, María, mil veces dicha y sin embargo una desconocida. Todo el alrededor quedó difuminado, se suponía que nosotros estábamos ahí, siguiendo la conversación, sonriendo, de vez en cuando acotando algo. Ya de madrugada salimos a la calle, Elena y Pablo que seguirían la juerga en algún bar. Nosotros que decidimos quedarnos en el hotel, que es tarde y mañana nos iremos, quizás para no ver nunca más el paseo de los tristes. La despedida fue cerca de la boca, y un susurro al oído: nos vemos en Buenos Aires, dentro de seis meses, cuando el postgrado se acabe y el paseo de los tristes se quede aquí, junto con la Alhambra y hoy. En esta noche blanca.


Mónica Marenda

ESPACIO SIMBÓLICO

El sol tibio, aún encendido en el horizonte, se funde con la brisa impalpable y compone una estela tan luminosa como reveladora del atardecer. Una marea calma lame y relame las arenas antes tumultuosas. Apenas se oye su susurro en tanta inmensidad de silencios: quizás alguna ola mantenga la ilusión –o el recuerdo- de indómitos océanos. Lo que ella no sabe es que por aquí ya pasó el verano.

Mónica Marenda

ESPACIO DE DESEO

Sobre la mesada de piedra yace un manojo de ajos sin pelar con un leve rosado en la cáscara que los penetra falsamente desde la base hacia arriba, para difuminarse en el puro blanco de la punta. El sol que viene iluminando el pasto llena el rectángulo de la ventana y atraviesa una gota de almíbar que parece brotar de una hendidura del durazno más amarillo, ese que todavía mantiene su hoja en el tallo. Su luz franca hace más intenso el color de la fruta recién lavada que está encima de la vieja mesa de madera, en donde el agua se secará sin dejar rastros y sin embargo siendo parte del tiempo. Los embutidos colgados del techo, altísimos, permanecen en penumbras, emanando desde arriba un aroma a especies. La cocina arde sin cesar, encendida desde la mañana gracias al carácter de unos leños de madera provechosa. Reposan sobre ella una pava llena de agua en espera permanente, y una olla, en donde nadan las verduras que hasta hace instantes fueron parte de la tierra ahí afuera. Sobre el piso de ladrillos hay restos de harina, la que se ha fraguado con el agua antes de que salga el sol. Todo huele a pan.

Mónica Marenda

EMOCIÓN

Sus manitos están cerradas en puño, y es ahora, cuando estiro sus dedos, que concibo la latencia en mí de otro universo. La piel es suave pero arrugada, y la carne de sus brazos y piernas muy blandita. Está toda roja, los ojos hinchados y cerrados, la cabeza cubierta por un pequeñísimo gorro de algodón. Es la primera en llegar, para siempre primogénita de un amor puro y recién nacido. Siento cómo mi sangre va y viene, y un saber animal instala en mi piel la certeza de que algo de eso que corre por mis venas también está dentro suyo, aunque no sea mía. Este cuerpito caliente que vive entre mis brazos abre la compuerta de un amor tres veces negado; es poderoso, tiene la capacidad de devolverme al conocimiento de mis entrañas en un segundo. Todo en mí está de repente preparado, alerta hasta en los poros, excitado por la novedad. No puedo dejar de mirarla y de mirarme.
Mónica Marenda

DESPIDO

Un simple chasquido de dedos puede cambiar una vida. O al menos esa es la sensación que recuerdo de aquel día, cuando de golpe, ante un simple chasquido de dedos de 5 de los jefes, los demás, unos 50, nos levantamos y nos reunimos en el centro de la oficina. En realidad faltaban Susana, Rosa y Patricia, las tres del mismo departamento, Rosa y Patricia coordinadora y directora respectivamente, Susana una de sus ejecutivos de cuenta.

A Susana la habían contratado hacía tres meses con bombos y platillos: "Es la candidata ideal, tiene contactos, se codea con lo más alto de la sociedad española y hace diez años que viene trabajando para este mercado", había dicho Rosa. Con ese perfil, nadie dudó de que la chica pudiera hacer carrera. Ahora estamos aquí, cuando una orden ejecutada desde unos cuantos pares de dedos coordinados ha decidido transmitirnos la señal de ir hacia el centro de esa oficina típica de empresa exitosa actual, inmensa, diáfana, ocupada sólo por ordenadores y personas, sin otros gastos superfluos, si casi ni se notan los escritorios porque aquí venimos a pensar y a comunicar lo mejor posible lo que corresponde. Avanzan las personas, los ordenadores quedan encendidos, algunos aguantan hasta el último momento para ponerse de pie y dejar por la mitad esa nota de prensa o aquella propuesta de lanzamiento que esta tarde, sí o sí, hay que entregar al cliente. Las personas nos agrupamos naturalmente en un círculo siguiendo la línea del grupo de jefes, que se han ubicado codo a codo formando una barrera como las de los jugadores de fútbol antes de que el contrario patee la pelota. Le seguimos nosotros, las personas. Detrás quedan los ordenadores con sus pantallas titilantes, como a la espera ellos también de alguna señal que les indique seguir guardando información, procesando textos, avisando cuando hay un error de ortografía, o tildándose, es decir, quedándose en blanco, encaprichados en no seguir adelante.

Uno de los jefes toma la palabra, sus colegas asienten en silencio con gestos compungidos pero con la expresión de los que saben algo y disfrutan de la exclusividad, leve arrebato que los hace dueños de la versión a revelar. Ese jefe dice en voz baja algo así como que la empresa se ha equivocado, que Susana resultó ser lo que no era, y que francamente consideramos que está loca, loca de trastorno psíquico, y que por eso Rosa y Patricia le estaban diciendo, en ese momento, que lamentaban tener que comunicarle que habían hecho mal los cálculos y que en realidad el volumen de negocios no era tan importante como para que ella tuviera cuentas a cargo, que en cuanto las cosas se normalizaran seguramente la llamarían de nuevo, que su experiencia, que sus contactos, que… Nos observamos unos a otros abandonados en la paradoja de la comunicación; sólo César, el chico alto de Tecnología, dijo si algún día me toca, quiero saber la verdad.

No hizo falta ningún chasquido de dedos para que todos volviéramos a nuestros asientos, a dar con la tecla que nos devolviera al trabajo que habíamos dejado unos minutos antes, cuando Susana atravesó la oficina hacia la sala de reuniones, junto con Rosa y Patricia, supuestamente para tratar un tema del cliente.


Mónica Marenda

CÓMO SACAR DEL TÓPICO

EL TONTO MÁS TONTO DE LA CLASE

Por las mañanas entraba en el aula arrastrando los pies, como si el peso de un porvenir incierto al que intuía no poder pertenecer nunca lo desalentara desde atrás pero haciéndolo avanzar irremediablemente. Con 12 o 13 años tenía la fisonomía de un adulto, era alto y fornido, y su torpeza se distinguía tanto en los movimientos físicos como en la inercia de su mente. Era raro no verlo sonreír, incluso desde sus ojos de sapo. Por lo que recuerdo, no hubo una travesura propia de aquellas edades tontas que nuestros maestros no descubrieran gracias a la acción casual de Marcos. Un psicoanalista hubiera dicho: acto fallido. Pero en esos tiempos nada sabíamos de los trucos de la inconciencia. Nuestros sentimientos hacia él eran contradictorios, aunque ninguno lo admitiera; por un lado nos burlábamos, por el otro, le temíamos. Quizás era por sus calificaciones, que a veces superaban a las nuestras. O por sus manos gigantes, después de que intentó bajar de la medianera a un gatito apretándole desmesuradamente el cuello.

LA TÍPICA RUBIA Y GUAPA QUE LIGA CON TODOS LOS TÍOS

Martina se mira por cuarta vez para ver cómo le queda el vestido. Aunque desde el primer momento sabe que le sienta perfecto, le encanta observar su imagen una y otra vez. Si no fuera porque sus padres la han obligado a estudiar, ella hubiera escogido ser modelo. Todo ese glamour, todo ese dinero, sin pensar, sin hacer esfuerzos. Sólo mostrando los trazos hermosos de un cuerpo insuperable. El pelo color champán cae pesado sobre uno de sus ojos y desde esta posición se tira un beso al espejo. Instintivamente mueve sus curvas, con ansias seguras, gozando del éxito anunciado. Como cada vez que sale, imagina el perfil del hombre que la traerá a casa luego de beber todas sus delicias. Sabe que entre tantos, habrá uno que se ajuste a sus deseos más íntimos.
La noche está fresca, buena señal para descartar cualquier indicio de lluvia. La fiesta es en un parque de césped mullido, fuentes de aguas armoniosas y antorchas. Martina hecha un vistazo a la gente, que se pasea de un lado a otro en perfecta sintonía con el ambiente. Menos aquel gordito bastante mal vestido que observa, quieto, su copa de cava, como si entre las burbujas adivinara un futuro que ya está cerca.

EL TÍPICO PADRE AUTORITARIO

La mano que pasa y repasa el lomo reluciente del alazán de Don Pedro es grande y áspera. Ha sido tallada para el campo, en donde no penetran las espinas de los cardos ni el aguijón de los bichos. Sin embargo, el potro se deja acariciar con placidez; el cuero duro de la palma parece generar, al frotarse contra el espinazo del animal, un efecto sedativo en ambos. Es la diestra, la misma que Don Pedro golpea sobre la mesa cada vez que se dirige a su hijo. Mero puñado de potestad ejercida con los dedos.

EL TÍPICO PROFESOR DEL QUE TODOS SE RÍEN PORQUE ES DÉBIL

Tenía unos pocos pelos largos, que pegaba con gomina de un lado a otro del cráneo para disimular su calva. La comisura de los labios siempre estaba blanca, producto de un discurso monocorde y baboso que mascullaba con la vista fija en un punto al fondo de la clase. Los alumnos habían descubierto un truco: cada vez que lo interrumpían con una pregunta, el tipo se restregaba la boca con un pañuelo arrugado. Y parecía no percatarse de que, al mismo tiempo e invariablemente, un mechón se le despegaba de la calva. Qué hubiera sido de nuestras horas adolescentes sin la diadema dura y brillante de aquel profesor de historia.
Mónica Marenda

CIUDAD


Laberinto de cuadrícula perfecta en donde perderse es andar sabiendo que la salida puede ser cualquier esquina; esquinas en ochava, aún muy numerosas. La herencia de un trazado visionario para las Indias. Reina de otros reinos, valiosos hoy en un seudónimo, y un nombre evocador, de cuando el aire era puro. Ancha como su río que casi es mar donde la vista naufraga sin llegar a la otra orilla. Y sin embargo a sus espaldas, reconcentrada, mirando hacia adentro, como negando su origen y después los barcos. Aún hoy es así, a pesar de que la arteria de la identidad alimente su fama fluyendo hasta una costa de perfiles modernistas, sin lograr integrarla todavía. Más adentro, en el centro inmenso del centro sin límites (destino incontrolable de los lugares pobres), conviven edificios de cien años, el testimonio más antiguo, con torres interminables desde donde las veredas rotas son una sospecha apenas. Reclama la atención un solar de monumentales puertas abiertas, circunvalado por una muralla sobre la que árboles, cruces y angelitos opulentos se asoman para hacer recordar que allí se guardan los muertos. Es en el norte, en un barrio que nació como arrabal y que debe a la peste su aristocrática providencia actual. En el punto opuesto se queda el pobrerío, y una zona que ha sabido conservar cierta aspiración de memoria colonial. Los árboles se reúnen de a cientos en el borde de aquella prosperidad, aunque es cierto que también van arrullando por toda la trama, deteniéndose en multiplicidad de plazas, parques y jardines. De noche, cuando las únicas luces -muy cerca unas de otras- indican estación de servicio y bar, un batallón hecho de hombres, mujeres y niños montados sobre pies o camiones y arrastrando carros de madera llega para seleccionar la basura, despojos que en canje serán alimento pero no futuro. Este es un lugar en donde para avanzar hay que preguntar a cuántas cuadras queda.

Sobre Buenos Aires, la reina del Plata.

Mónica Marenda

AUTOBIOGRAFIA

Mi padre murió cuando yo tenía 13 años. A partir de ese momento fui construyendo mi vida de a pedazos, como pude. En este devenir de acontecimientos me acompañaron siempre dos hermanas, una mayor y otra más pequeña, y mi madre, que -con altibajos, eso sí- ha mantenido una depresión durante 26 años.
A los 18 años dejé mi pueblo natal para estudiar en Buenos Aires. Desde ese momento también trabajé, y en los sitios más diversos, desde una tienda de ropa y un estudio de abogados hasta en el diario más importante de Argentina. Porque olvidé deciros que soy periodista, aunque no se trate de una denominación que me interese demasiado. Lo cierto es que desde el día que entré en el diario mi vida laboral ha tomado un giro más interesante aunque no deja de ser eso, un tema laboral. Lo que realmente me gusta es escribir.
Me casé siendo muy joven y me divorcié siendo muy joven. Luego tuve otra pareja. Desde hace dos años vivo con Ismael y por primera vez puedo decir que estoy enamorada.
Tengo cáncer y es muy probable que, debido al tratamiento, ya no pueda tener hijos. Esta es una de mis asignaturas pendientes.

Mónica Marenda