Haga que se queden los mejores


Gente sobra, pero talento falta, dicen los responsables de RR.HH. de las empresas. Ideas para que las "estrellas" no se vayan.

por MONICA MARENDA (Diario Clarín)

Si bien todo parece indicar que en la Argentina hay gran cantidad de personas en condiciones de trabajar, la realidad demuestra que la falta de capacitación reduce mucho esa posibilidad. Las empresas sufren estas falencias y son los responsables de Recursos Humanos los que ya no saben qué técnicas utilizar para reclutar y retener a los mejores perfiles.
En un seminario organizado por la American Management Association, Pat FitzGerald, presidente de una consultora en Outsourcing y Recursos Humanos con sede en Sausalito, California, acercó algunas pautas de cómo evitar que las "vedettes" de las compañías no emigren.
"La gente está, pero faltan los talentos. Por eso, igual que en mi país, los argentinos deben utilizar técnicas innovadoras en la selección y retención de los empleados que escasean", recomienda.
Aunque las razones sean opuestas, las empresas estadounidenses sufren problemas similares a los de sus colegas argentinas. En los Estados Unidos, la masa laboral es cada vez más reducida: se contratan 281.000 empleados por mes, lo cual redujo la tasa de desempleo a 4,3% en los últimos dos años. Pero a pesar de estos números venturosos, los estadounidenses tampoco pueden soslayar la carencia de perfiles altamente capacitados.
Uno de los consejos de Pat FitzGerald es que haya comunicación abierta entre los encargados de recursos humanos y los gerentes de línea. "Los empleadores deben asumir que el mercado laboral continuará siendo conflictivo en las próximas décadas y por ende será imprescindible actualizar las prácticas y métodos actuales de contratación. Y, sobre todo, es fundamental que la línea no pida esos perfiles que son imposibles de encontrar." La falta de capacitación es un hecho, pero hay vías alternativas que si bien implican un cambio desde adentro de la organización, posibilitan que la selección y retención sean menos conflictivas.
"Es importante que las empresas comiencen a ser más flexibles en cuanto a la edad de los candidatos; que haya capacitación diferencial para cada área y un proceso de monitoreo y seguimiento de los mejores; que se contrate a los estudiantes en las universidades y se los capacite antes de que terminen la carrera", dice la experta.
Entre otros consejos, señala la necesidad de entrenar a los jefes para ejercer correctamente su función y para capacitar a su gente, y que se contrate personal con las competencias básicas para luego brindarle capacitación.
Entre otras iniciativas, FitzGerald incluso recomienda que se bonifique a los empleados por presentar posibles candidatos que se ajusten al perfil."Si conoce muy bien el puesto, el empleado puede ser un buen reclutador. Puede buscar entre amigos de la facultad, ex compañeros de trabajo, etcétera", explica.
En ese sentido, comenta que en su país el sistema se implementó hace 10 años y ya lo usa el 44% de las empresas, con muy buenos resultados. "Se pagan, en promedio, 500 dólares a los que presenten candidatos para puestos más bajos, 1.500 para ventas y de 5.000 a 7.000 para profesionales en tecnología", dice.
Empresas exquisitas
En la mayoría de los casos, es más costoso no aceptar ningún perfil porque no se ajusta estrictamente a los requerimientos de la línea, que enseñarle las características del puesto al postulante imperfecto. Inclusive, algunas empresas permanecen varios años sin cubrir un puesto porque esperan siempre un candidato mejor. Mientras tanto pierden dinero y el personal de la línea se satura de trabajo.
Aunque falte trabajo, para Pat FitzGerald es muy lento el tiempo de reclutamiento en la Argentina, desde que el candidato es seleccionado hasta su incorporación. "Una vez que la oferta está lista, no hay que dejar pasar más de 24 horas porque si el empleado tiene que esperar uno o dos meses para entrar, se corre el riesgo de que se vaya a otro lado. Desde hace 5 años en los Estados Unidos venimos implementando contratos de preempleo, que sirven para verificar las referencias y los resultados de los exámenes médicos al mismo tiempo en que la persona es incorporada", cuenta.
Más allá de lo estrictamente monetario, que es el factor de retención más importante hoy en la Argentina, hay valores que los empleados tienen en cuenta a la hora de decidir quedarse o irse de una compañía: oportunidad de desarrollo, reconocimiento por parte de la línea, información sobre los resultados de la empresa, capacitación y actualización profesional permanente, flexibilidad y respeto.
Según FitzGerald, antes de que la persona decida irse hay que preocuparse por averiguar qué cosas la motivan. "En esto juega un papel primordial el feedback entre el empleado y su supervisor inmediato. Por eso es importante hacer evaluaciones de desempeño periódicas; cuando la persona renuncia, ya es demasiado tarde."

¿Pensó alguna vez en pasarse de bando?

Aceptar un trabajo en relación de dependencia tiene sus beneficios -sueldo seguro- pero también sus complicaciones.

por MONICA MARENDA (diario Clarín)

Hace 20 años un cliente me hizo una buena oferta para trabajar en una gran empresa. Fue importante en lo económico y lo profesional, porque me permitió conocer la organización desde adentro. La decisión me hizo vivir un montón de problemáticas en relación con el poder, con los conflictos interpersonales, con el trabajo en equipo", relata Roberto Franchi, psicólogo y director de Franchi Consultores, un estudio especializado en el desarrollo de habilidades gerenciales.

El, como tantos profesionales, decidió hacer un giro radical en su carrera: de ser independiente pasó a formar parte de una organización y, luego de 15 años, volvió al trabajo de consultor.

¿Qué lleva a una persona a tomar semejante decisión? Los motivos pueden ser tan infinitos como personalidades existen, pero por lo general tienen que ver con la búsqueda de una mejora en el nivel económico, metas para el crecimiento profesional o con el simple hecho de "sentirse protegido" por una súper estructura. Sin embargo, a juicio de los expertos, este último punto es el que más se repite en las diferentes situaciones.

"La circunstancia más usual está relacionada con la necesidad de sentir la contención de una estructura que le proporcionará los medios como para que el profesional se focalice en su tema", explica Luis Avalos, director asociado de Farberman, consultora de selección de personal jerárquico.

"Esta es la fantasía que guía la búsqueda. Pero, en algunos casos, se estrella contra la realidad porque en un contexto turbulento las estructuras ya no son tan continentes como lo fueron en el pasado. Hoy las organizaciones necesitan profesionales con gran capacidad para asumir diferentes roles", afirma.

La primera cuestión con la que se encontrará un profesional independiente que está a punto de ingresar a una organización es que deberá alinearse en una estrategia: ya no sólo tendrá que pensar en sus propios intereses sino en los de un conjunto de personas que aspiran y se esfuerzan por un proyecto único, que es la rentabilidad de la compañía.

"Esto implica apertura, capacidad de adaptación, tener en cuenta los intereses y modalidades de los demás, porque uno entra en una jerarquía donde hay niveles superiores que marcan pautas, hay pares con quienes hay que trabajar como si fueran socios para desarrollar proyectos, y hay colaboradores que forman parte de tu equipo o área de trabajo", señala Franchi.

Si bien las empresas brindan un marco para que el profesional se organice, la mayor dificultad está en el grado de madurez psicológica y emocional que presente el profesional para poder trabajar con otros.

En equipo

"El núcleo de habilidades que se requieren en las organizaciones tienen su origen en la familia, en donde también hay jerarquías. Estos roles se reactualizan en las organizaciones, las cuales disparan conflictos que se desencadenan en su ámbito. Esto requiere flexibilidad, dominio y equilibrio para desenvolverse eficazmente en la empresa", dice Franchi.

La mejor manera para que un profesional liberal logre convencer a la empresa de que quiere trabajar en ella es exponer las cualidades de su actuación particular en el mercado. "Las empresas grandes se asustan de los profesionales independientes, cuando hay un puesto a cubrir. Pero esto sucede en todas las áreas menos en Ventas", asegura Cecilia Giovanetti, de CeiA Recursos.

El profesional tendrá que mostrarle a la empresa que podrá aprovechar su expertise y obtener una ganancia. "Si ese profesional tuvo una buena actuación cuando actuó en forma independiente, la empresa contará con alguien que sabe encarar los negocios con autonomía, decisión y responsabilidad."

Decir "no" y dejar la puerta abierta

Aunque las ofertas no sobran, a veces hay que rechazarlas. ¿Cuál es la estrategia para no ser descartado en futuras búsquedas?

por MONICA MARENDA (Diario Clarín)

Estimada Cecilia: Acabo de recibir tu respuesta. Yo creo que estás ampliamente capacitada para este puesto. Te agradezco y admiro que hayas evaluado la propuesta en forma integral. Eso habla muy bien de vos como profesional. Además, me comprometo a tenerte en cuenta para una búsqueda posterior. Gracias por tu atención, cordialmente, Graciela Paz, jefa de Recursos Humanos." Este e-mail, recibido por Cecilia Alonso en la segunda etapa de una búsqueda laboral, fue en respuesta a la negativa de aceptar el puesto. Durante la entrevista, ella expuso sus argumentos en forma clara y sincera: los objetivos profesionales propios no coincidían con los de la posición ofrecida.

Si bien es cierto que hoy por hoy en la Argentina la demanda laboral excede con creces las ofertas más tentadoras del mercado, aún hay gente que, como Cecilia Alonso, se anima a decir que no a una propuesta a primera vista incuestionable.

Las razones son múltiples: no satisface la remuneración, el horario o los beneficios, o no coincide el lugar a ocupar con la proyección de carrera que cada postulante armó para sí.

"Decir que no es posible para un determinado sector del mercado: el grupo de los calificados. Para este tipo de empleados hay mucha demanda ya que son puestos difíciles de ocupar por el grado de formación y competencia que requieren", analiza el psicólogo José Duduchark, miembro de la Consultora Educativa y Desarrollo Profesional.

Pero, ¿cuáles son las razones que argumentan los candidatos para negarse? En sus cuatro años de experiencia como analista de Selección en Cosméticos Avon, Ana Brandenburg escuchó distintos argumentos: "Las razones son tan variadas como las personas. Algunos, que estaban efectivos en una empresa, no querían correr el riesgo de entrar por contrato; no le cerraba la remuneración; la posición no cubría el área de su profesión que más le gustaba o la imagen de la empresa lo había desilusionado", comenta."

Avon contempla todas las razones como valederas, ya que para que una persona ingrese debe estar convencida de lo buena que es la propuesta y la empresa; si no, resulta dificultosa la relación." Según Ernesto Aguirre, de la consultora Ciocca & Aguirre, al momento de decir no es fundamental evaluar el prestigio de las empresas que están en juego. "Muchos perciben que la falta de éxito de una empresa le resta seguridad, aun cuando la firma sea muy solvente. Temen a las grandes reestructuraciones", afirma.

Falta de coincidencia

En el grupo de "los calificados", el negarse a una oferta laboral, en la mayoría de los casos, tiene que ver con la falta de coincidencia entre el proyecto personal y el de la compañía que lo quiere contratar.

"Quizás esto sea lo más difícil de explicar, aunque la negativa siempre es comprendida por la empresa si es explicada con claridad. Lo que nunca es bienvenido por un selector es la falta de honestidad", dice Duduchark.

Aguirre también aconseja negociar lealmente. "Las entrevistas de trabajo forman parte de una negociación en la que se van dando a conocer expectativas recíprocas y se van señalando las coincidencias y las discrepancias. Si bien sería ingenuo decir todo lo que se piensa, no pueden expresarse cosas opuestas al propio pensamiento", explica el consultor.

Siempre es positivo exponer los motivos. Esto hará que los antecedentes del candidato queden registrados en la empresa o consultora para futuras búsquedas, que contemplarán las razones de la negativa anterior.

Aunque no es bueno abusarse. "Hice ofrecimientos a profesionales jóvenes y rechazaron la oportunidad porque querían empezar desde un escalón un poco más alto. Cuando esta pretensión tiene respaldo en una sólida formación y en características personales, el selector no lo descalifica, lo considera para una posición mejor y lo tienta el día que tiene otra oferta. Pero, si ante cada oportunidad que se ofrece, el mismo candidato la rechaza en función de una mejor, uno concluye que nada le cae bien, o que está fuera de la realidad y busca algo que no existe", manifiesta Duduchark.

La entrevista de salida

Las empresas empezaron a implementarlas para detectar los motivos por los cuales un empleado abandona la compañía.

por MONICA MARENDA (Diario Clarín)

Si bien las entrevistas de salida pueden parecer inútiles a la hora de una renuncia consumada, sirven para que las partes involucradas aprendan un poco más de cada una.
Esa información será utilizada por el empleado en su nuevo trabajo y por la futura ex empresa para mejorar las condiciones del personal que permanece o al momento de reclutar nuevos empleados.
"En una entrevista de salida se debe crear un buen clima, para ello se plantean los objetivos y se equilibran expectativas. Luego se empieza a conversar, porque estas entrevistas son conversaciones, no evaluaciones. Después, cada uno llegará a sus propios resultados, pero básicamente se trata de dialogar, no de confrontar", explica Teresa Archenti, directora de Archenti & Asociados.
Si bien las empresas multinacionales o los fuertes grupos nacionales siempre llevaron a cabo este método, en el resto del mercado las entrevistas de egreso se impusieron hace una década, adquiriendo su máximo auge en los últimos cinco años.
Todas las empresas tienen en sus manos dos alternativas: dejar emigrar a sus empleados cumplimentando sólo los aspectos legales de la renuncia o convocarlos a que expongan los motivos de tal decisión. En este último caso, si se hace una buena entrevista de salida, se pueden corregir acciones para evitar o bajar la tasa de rotación de personal, y para subsanar errores al momento de elegir y contratar a un nuevo empleado.
"La información que surge en estas charlas se utiliza para armar estadísticas y también contribuye a analizar el clima organizacional, las comunicaciones y la percepción que los empleados tienen de la empresa. Las conclusiones sirven tanto para la línea que presentó el problema como para el resto de las áreas; lo más importante es cómo se usan esos datos, con qué discreción, confidencialidad y sinceridad. Se debe ser muy objetivo al encuestar al empleado que se va, evitando las interpretaciones subjetivas", observa Jorge Micale, director de Recursos Humanos de VeloCom.
Por lo general, la entrevista de salida la hace el gerente de la línea, quien está acompañado por algún responsable de la gerencia de recursos humanos. También se da el caso en que es directamente el gerente de RR.HH. el que convoca y dispara el diálogo. "Estas reuniones no deben ser de reproches ni de culpas, sino que deberían servir para el crecimiento de ambas partes. La línea debe preguntarle al empleado qué pasó, qué sintió, en qué no respondió la empresa y dónde se produjo el quiebre", dice Micale.
Aunque parezcan destinadas sólo a los puestos más relevantes, las entrevistas de salida se realizan para todos por igual. Y se llevan a cabo el último día de trabajo, para que el empleado no sospeche una maniobra de retención por parte de la empresa. "Cuanto más prestigio goza un empleado al momento del anuncio de su retiro, más peso tiene su comentario acerca de los motivos que impulsaron a tomar la decisión de alejarse. Pero para nosotros no hay marcha atrás: si el empleado disparó el rompimiento del vínculo con la organización, no es prudente tratar de retenerlo. Una cosa es tratar de conocer los motivos y otra muy distinta tratar de retenerlo ofreciéndole un aumento salarial, por ejemplo", afirma Micale.
Para el psicólogo Miguel Angel Attala, responsable de Selección y Desarrollo de MAPFRE Aconcagua, las entrevistas de egreso generan un espacio de reflexión en donde la persona brinda datos más allá de los motivos considerados más comunes.
"Suele pensarse, erróneamente, que el motivo más habitual de renuncia es el sueldo. Sin embargo es mucho más habitual cambiar de trabajo por falta de proyectos o por un clima laboral asfixiante o de alta incertidumbre", dice el ejecutivo de la aseguradora.

Recordando a Mónica Marenda -Master con Honores en Creación Literaria


Publicado en "El nido del Escorpión" Periódico de la ECH (Escuela Contemporánea de Humanidades de Madrid) el 31 de marzo de 2005

Mónica, de blanco en el centro de la imagen, con sus compañeros de máster





- "No sabes cuanto te admiro..."-
Resumía en palabras, una compañera del Master en Creación Literaria, el sentimiento que abarcaba el resto del salón de clases hacia Mónica Marenda.

- No ¿por qué?; no pasa nada...
Respondía Mónica tranquila, relajada y alegre como siempre; maquillada, fina y con el gorrito que le cubría la cabeza sin pelo por los efectos de la quimioterapia.
Siempre suave, sencilla, ligera, cariñosa, amable pero extremadamente fuerte, Mónica asistía al Master en Creación Literaria de la ECH luego de trabajar todos los días 10 horas; y lo hacía sin quejarse, sin mostrar debilidad, sin inclinar su cabeza ante la enfermedad que la consumía por dentro.


- ¡Ya me ha crecido un dedo de pelo!
Y sonreía con un positivismo increíble que inundaba la escuela de bondad y valentía. Estaba en España viviendo su sueño con el amor de su vida, entre períodos de enfermedad que se iban y venían, pero ella simplemente seguía...


Siendo muy joven, en Argentina, una profesora de Literatura de Mónica le recomendó que se dedicara a las letras luego de descubrir el talento y la facilidad para escribir que ella poseía. Mónica optó por el periodismo dado a que tenía más salidas y fue así como entró al Taller Escuela Agencia (TEA) que se especializa en periodismo. No tardó mucho tiempo en hacerse con una Beca Clarín, algo muy difícil de obtener que da uno de los diarios más grandes e importantes de Argentina, donde trabajó como periodista. Cabe resaltar que actualmente sus antiguos compañeros del diario Clarín están recopilando un librito con escritos diversos de Mónica, desde críticas hasta poesía, el cual sacarán como homenaje a la que fue y continuará siendo, una gran artista.


Mónica se cansaba al caminar, tenía poca energía y estaba debilitada por su enfermedad; pero ella continuaba con su vida normal; no se confinaba a una cama a descansar sino que vivía la vida, su vida normal, sin bajar los brazos y siempre con dignidad.


La lucha de Mónica fue una guerra que lastimosamente perdió; pero a través de esa lucha hubieron miles de batallas; batallas en las cuales Mónica no solo salió victoriosa, sino que pudo disfrutar mientras lo hacía, con personas especiales que la hacían a ella aún mas especial.Por dentro quizás Mónica tenía una conciencia permanente sobre su enfermedad pero también tenía la fortaleza de su gigantesco espíritu que nunca la dejó, nunca la abandonó... Y con una preciosa sonrisa Mónica tan solo contestaba “No pasa nada” y se levantaba y volvía a luchar.
La energía positiva que irradiaba Mónica Marenda en la ECH nunca se perdió, sino que se transformó. Se transformó, entre otras cosas, en palabras que perduran y que reviven sentimientos hermosos en todos aquellos que tuvieron el placer de conocerla; e incluso en aquellos que nunca la conocimos.


Mientras su recuerdo se mantenga en un eterno amanecer, podemos decir que a través de su arte, una pizca de su fuerza, su talento y su bondad formará parte de todos nosotros...


Martín Tarte (Para El Nido del Escorpión)

Empresas Familiares

Por Mónica Marenda (Diario Clarín)


Mientras ojeaba el diario buscando trabajo, Francisco vió un aviso que pedía justo lo que él podía ofrecer: tenía la edad adecuada y los estudios correspondientes. Lo que llamó su atención fue que rezaba: "Empresa Familiar Busca".Luego de enviar sus antecedentes, tuvo su primera entrevista con el jefe de recursos humanos y de inmediato se dio cuenta de que trabajar allí tendría sus particularidades."Yo no creo que haya un empleado que esté tipificado para trabajar en una empresa familiar ni que ésta requiera un perfil determinado de empleado. Lo que sí es cierto es que la empresa familiar trata de insertar a su proyecto laboral y funcional gente que responda a su modalidad, sobre todo si los socios son todos de la familia, sin externos", explica José Igal, consultor especializado en empresas familiares.

Según un informe de la Consultora Jorge Rubinsztein & Asociados, en la Argentina las empresas familiares representan "alrededor del 75% del total (entre 1.000.000 y 1.200.000), generan entre el 40% y 42% del PBI y aportan aproximadamente el 70% de los puestos de trabajo al total de la fuerza laboral". "De los nuevos puestos de trabajo gene rados, el 80% de los mismos corresponden a empresas de familia", agrega el informe que por tener datos correspondientes al período 1993/94 puede haber variado a la baja.Como en cualquier otra compañía, es el jefe de recursos humanos el encargado de hacer la selección de personal. Según Igal, por estar ya insertado en la ideología de la empresa, elegirá casi inconscientemente a un empleado que respete la contextura familiar, no la impugne ni altere su funcionamiento nuclear."En general, los empleados van desarrollando la mentalidad de sostener, y apoyar el núcleo familiar porque al hacerlo se salvaguarda la empresa como fuente de trabajo. Si bien no hay una regla genérica, -salvo en empresas familiares muy grandes o multinacionales- en una PyME la idea es que el empleado se afiance", asegura el abogado. Para Atilio Dovico, licenciado en relaciones industriales, director de la consultora HICE y docente del máster en recursos humanos de la Universidad de Palermo, el personal de este tipo de empresa "no tiene horizontes: están entregados a la autocracia familiar". En este sentido, "el perfil que mejor se ajusta es el del empleado reglamentarista, poco innovador y por lo tanto incapaz de generar demasiados problemas", completa.

La mayor desventaja para aquel que trabaja en una empresa familiar es la dificultad de progresar o hacer carrera dentro de la empresa. Igal sostiene que cualquier empleado puede acceder a un nivel gerencial si está capacitado para tal fin. "Yo creo que no hay límites, siempre y cuando la actuación sea exitosa en cuanto a provocar logros. Salvo que el empleado entre en competencia con alguno de los componentes de la gerencia, sobre todo una vez desaparecido el pater familia que lo contrató", dice. Por su parte, Dovico afirma que, por lo general, las empresas familiares no tienen un plan de desarrollo de carrera. "Cualquier logro es arbitrario", asevera el consultor.

Rubinsztein describe tres tipos de funcionamiento en la empresa familiar: "Por un lado está la familia interdependiente que por su fuerte unidad familiar puede excluir a los empleados que no son parientes, provocando muchas veces un duro enfrentamiento; en otro lugar se encuentra la familia independiente, con integrantes individualistas y competitivos que tienen mayor relación con personas ajenas a la familia y, por último, la familia coherente, que tiene como principal virtud la intención de equilibrar las necesidades externas de los individuos con las necesidades de cohesión de la familia", explica.
"Para aquel que recién se incorpora a una empresa familiar sugiero que se tome un tiempo para observar y tratar de captar los códigos implícitos de funcionamiento. Y, fundamentalmente, que aprenda cómo está distribuido el mando y el poder, cuáles son las fuentes en las que se apoyan esos mandatos" Las recomendaciones de Atilio Dovico son del mismo tenor, aunque más directas. "Hay que congraciarse con la jefatura; las recompensas vienen por el simple hecho de caer bien", advierte.

¿El lado bueno? Los consultores coinciden en que estas compañías familiares son más tolerantes y permisivas cuando de conflictos personales se trata o a la hora de pedir un préstamo o un adelanto del sueldo.

Cómo capacitarse aunque su empleador no lo ayude


Las empresas no arman planes de formación para todos los empleados.
Si usted quedó afuera, anímese a hacerlo por su cuenta.

por MONICA MARENDA
(diario Clarín)

Sabés cuánto hace que no salgo?, todos los fines de semana estudiando o preparando trabajos. Muchas veces me pregunto para qué. La queja, sale de boca de Martín, 32 años, ingeniero y jefe de Producto de una empresa de primera línea. Acaba de cursar el segundo año de un posgrado que le cuesta tiempo, esfuerzo y mucho dinero. Sin embargo, está convencido de que lo que está haciendo es lo correcto. Sabe que cuando termine, además de poder salir con sus amigos, su carrera personal y empresarial tendrá nuevas metas y compensaciones. La capacitación surge por un deseo personal que se lleva a cabo con el fin de obtener beneficios económicos inmediatos o como un plus de conocimientos adquiridos que nadie podrá quitar. De todos modos, si bien los títulos tienen peso en el currículum, hay que tener en cuenta que una cosa es el conocimiento y otra, la experiencia. Además, hay que tener en cuenta que si de conseguir un trabajo o reposicionarse en la empresa se trata, la capacitación sirve solo si el empleado logra una síntesis entre ambas. Las empresas no arman planes de desarrollo para todo el personal, sino para las personas que consideran tienen potencial y su entrenamiento puede aportar a los fines de la compañía. Por eso, cada persona debe ir haciendo su propio plan de capacitación. Pero, más allá de quién afronte los costos, sin duda vale la pena capacitarse, más teniendo en cuenta las contingencias del mercado, afirma Raúl Medina Fernández, consultor y profesor full time en la Facultad de Derecho de la Universidad Austral.

Momento de decisión:
Si bien al momento de tomar la decisión de capacitarse un factor muy importante es el monetario, puede suceder que la recompensa no venga por el lado económico, sino por una mejor calidad de vida dentro del ámbito laboral. Es que el aprendizaje es reconocido y la relación con el jefe o el equipo es más armónica. Quizá la empresa no lo ascienda inmediatamente tras su nuevo título, pero su jefe lo valorará de otra manera, tendrá otra actitud, incluso hasta más respetuosa, agrega Fernández. Para Hernán Bardi, licenciado en administración de empresas y gerente de Relaciones Institucionales de Chrysler Argentina, el premio por la capacitación es negociable. El pudo convencer a la empresa de que le pagara el master en comunicación de las organizaciones que actualmente cursa, aduciendo que la capacitación específica es un negocio que beneficia a ambas partes. La negociación entre empleado y empresa es dinámica en la medida en que se sabe que los conocimientos son rentables, asegura. Sin embargo advierte que ese valor agregado tiene un precio en el mercado, y que si una empresa no lo reconoce, lo puede hacer otra. En ese sentido, Graciela Gayo, titular de la consultora que lleva su nombre, advierte sobre las actitudes extremadamente monetaristas que observa en muchas de las personas que entrevista. Algunos, sin ninguna experiencia previa, viajan al exterior, se hacen un master y al regresar pretenden que la empresa que los contrata les ayude a recuperar inmediatamente el gasto/inversión que les implicó su estadía afuera, comenta. Parecería que se perdió el afán del conocimiento por el saber mismo o como herramienta de crecimiento dentro de la organización, agrega la ex ejecutiva de Ford. Dolores Berte, abogada y compañera de Bardi en el master, comenta que ella decidió asumir el costo de volver a estudiar porque quería reinsertarse laboralmente. Trabajé en un estudio jurídico internacional hasta que tuve a mis tres hijos. Ahora quiero volver a trabajar y creo que este plus de nuevos conocimientos es fundamental en un mercado tan competitivo como el actual. Pero la capacitación no es terreno exclusivo de profesionales, gerentes o grandes empresas. Tampoco de bolsillos abultados: cualquiera que hoy busque trabajo debe tener conocimientos básicos de computación e invertir en un curso para aprender Excel también es capacitarse. O estudiar un idioma. O saber tratar con el cliente. Las empresas no ven con buenos ojos a aquellos empleados que se niegan ante la sugerencia de hacer un curso dentro del trabajo o de concurrir a clases particulares.

Gente de empuje:
Según Medina Fernández, los empleadores ven en esta actitud una demostración cabal de que el mismo empleado se está poniendo un techo, que no tiene capacidad de emprendimiento ni de asumir riesgos, características que son esenciales en el mundo empresarial. A entender del consultor, cuando la empresa brinda alguna opción de capacitación, hay que aceptar la oferta, por más que esto les produzca un simbronazo interior que les haga preguntarse si serán capaces y si podrán hacer el esfuerzo.
Ante la alternativa de capacitarse o quedarse en el molde, siempre es mejor asumir el riesgo. Aunque a veces cueste tiempo, esfuerzo y dinero.

Celebración

CELEBRACIÓN

(Agradecemos a Gustavo Averbuj, quien nos acercó esta poesía que Mónica difundió entre sus compañeros de trabajo de Ketchum comunicación).

Un relámpago rojo atraviesa mi pecho
de par en par.
Se detiene allí, en el estigma,
parte al medio mi cíclope gemela.

¡Qué tarea altruista, rayo!
A flor de carne despojarme
de todo vestigio,
y ni un reclamo.

El torrente salvaje que irá por mis venas, en cambio,
sí exigirá condiciones.
Fluirá por mi cuerpo y arrasará con todo
lo vivo y lo muerto

Se llevará lo invisible y lo evidente
dejándome al desnudo,
sin opciones.
Ni más ni menos que la vida.

Culto a la pasajera furiosa.
Aún repleta de exigencias,
perdida en mí, guía de mí
será.

Relámpago y torrente se encarnan
para salvarme.

Mónica Marenda
Septiembre de 2002

Viajes


VIAJES


(agradecemos a Gustavo Averbuj, quien nos hizo llegar este Newslwetter que Monica escribió antes de uno de sus últimos viajes)

Toda mi vida tuve el deseo de viajar y, hasta que al fin pude hacerlo, sospeché que era uno de esos sueños que jamás iba a concretar. Sin embargo, a partir de mis veintitantos (en el siglo pasado), empecé a conocer el mundo. En el ’89 fui a Chile; ¡por primera vez cruzaba la cordillera! Llegué en plena preparación del plesbiscito y vi la obra en construcción del Parlamento, en Valparaíso. En el ’91 recorrí Brasil durante dos meses: empecé con el Año Nuevo en Copacabana y terminé en el carnaval de Olinda, Recife. Para los que hayan visto “Estación Central”, recorrí miles de kilómetros en esos bondis destartalados que se ven en la película. En el ’92 conocí Cuba y creí tocar el cielo con las manos: siempre había dicho que quería ir a los pagos en los que había luchado el Che antes de que muriera Fidel ¡y Fidel sigue vivito, coleando y dando discursos de 5 horas! En el ’98 viajé a Nueva York y otra vez creí estar en el paraíso. Nunca hubiera imaginado que caminaría por la Fifht Avenue todos los días –mi hotel de 50 pisos estaba cerca-, ni que transitaría los senderos del Central Park hasta descubrir una estatua de Alicia en el País de la Maravillas (entrada por la calle 72) que muy poca gente conoce, ni que descubriría que cualquier edificio parecía enano al lado de las explotadas y ya míticas Twin Towers. Pero sin dudas, el viaje que más me rompió la cabeza fue el que realicé al año siguiente a Europa.

El viejo continente siempre había significado un imposible, ese lugar al que jamás podría acceder, por falta de dinero, por falta de coraje, por falta de dos gambas que acompañaran a las mías. Sin embargo, un mes antes de estar efectivamente allí compré un pasaje, contraté un curso de inglés en un college de Londres y me embarqué hacia una aventura alucinante. Tenía miedos, dudaba de mi inglés –había estudiado durante 10 años en mi infancia y pre adolescencia, y después, nunca más- y encima de todo, iba sola. Llegué al aeropuerto de Gatwic una soleada mañana de primavera y ni bien pisé suelo británico, me di cuenta de lo bien que estaba. Sorteé las incisivas preguntas de inmigraciones, me tomé el tren desde el aeropuerto hasta Victoria Station, allí me saqué una foto, para el carnet del subte, en una máquina automática que para que funcionara debía colocarle una moneda, cambio que solicité a un vendedor de frutas, y llegué a la casa de familia adonde viviría durante un mes, todo sin problemas y en inglés, of course. Ese tiempo fue hermoso, conocí gente de todo el mundo, mejoré mi inglés y conocí Londres al dedillo. Una vez terminada esta experiencia, me uní a dos amigas y comenzamos a viajar. De Londres fuimos primero a Praga (ciudad de cuentos de hadas si las hay) y luego, a Budapest. Yo había viajado a Edimburgo en un tren de primer mundo, y claro, me había malacostumbrado. Porque cuando llegamos a la estación de trenes de Praga, casi nos caemos de espaldas: el lugar no distaba mucho de ser Constitución u Once, y el tren, tan hecho trizas como el peor de la zona oeste que en mis años de estudiante me llevaba a Chivilcoy cada quince días. Con mis amigas habíamos sacado el pasaje en camarote y si no nos dio un infarto cuando lo vimos, fue porque somos chicas muy sanitas. Pasado el shock inicial, María, Claudia y yo nos pusimos a parlotear, a comer el riguroso sandwichito de los viajeros medio pelo, y nos dormimos medio tarde, a eso de la una de la madrugada, varias horas después de haber partido.

Lo que sigue es la anécdota más graciosa que, hasta ahora, viví mientras estuve de viaje:

En medio de la noche, nos despiertan unos gritos. Miro mi reloj: 4 a.m. Vemos que la puerta del camarote está abierta aunque una sombra inmensa nos impide distinguir cualquier cosa que haya detrás. El gigante es un señor uniformado de militar, con cara de pocos amigos, que habla en un idioma extraño. No es alemán, no es austriaco, creo que no es ruso... En un inglés peor que el de Tarzán, y con gestos ampulosos, nos indica que bajemos las valijas. Yo miro a mis amigas y les digo, bien de argentina cocorita: “¡éste está en pedo, con lo que nos costó subirlas al valijero!!!”. El tipo sigue hablando y de pronto veo la cara de pánico del guarda, que se asoma por detrás de esa espalda imponente y militar. Nosotras, imperturbables. El señor uniformado sigue su camino pero refunfuña, a los gritos, mal. Por ahí escucho algo así como ‘argentinian, platz engelbaum visa totz, IAA!!!
Todo el mundo está despierto; nosotras, cagadas de risa. Pero el ‘politzia’ regresa, y espeta otras instrucciones con sus gestos y palabras. ¡Eltz visa wronslten rotwsxal!!!! ¡OUT, OUT, OUT!!!!!!. Yo: What??? El: ¡SUITCASE, VISA, OUT!!!!!! Mis amigas y yo: ¿qué mierda quiere? ¡las valijas no se las bajamos, ni locas!!!! El: ¡VISA ENGESPLASTEN #*#&%#*&#, VISA, OUT, OUT!!!!! De repente, el tipo se mete en el camarote, baja las valijas con la peor mala onda y ¡se las lleva!!!! Nosotras corremos por detrás y vemos con desesperación que el tren está parado en medio de dos vías, ni siquiera contra la estación, y nuestro equipaje en el medio del campo. En ese momento el guarda nos obliga a bajar del tren con gesto de: ‘woxdotz enz to qe itzvan’ (hice todo lo que pude). El pasaje en su totalidad está asomado por las ventanillas. Nos mira como a delincuentes. Encima, los canas –a esta altura son tres- nos obligan a cargar solitas con las valijas. Vemos cómo el tren emprende la partida.

En una perdida estación de frontera entre República Checa y República Eslovaca nos enteramos de que para ir a Hungría hay que abonar la módica suma de 50 dólares como visa de tránsito. Les recuerdo que son las 4 de la mañana; por ende, la estación está desolada y la ventanilla para pagar, cerrada. Uno de los policías –imagínense un uniforme como el de los cosacos rusos, y juro que no miento- nos dice que tenemos que acompañarlo. Mi amiga María, un tanto mayor que Claudia y yo, decide ir con él. Antes de hacerlo me dice, con cara de circunstancia: ‘cualquier cosa, llamala a Mabel’ (Mabel es otra amiga, abogada). Con Claudia nos miramos, muy asustadas, y pensamos: a ésta la cagan a palos. Yo no lo puedo creer.
Por suerte, María vuelve sana y salva, pero con 150 dólares menos. Allí debemos esperar cuatro horas, hasta que pase el próximo tren a Budapest, entre policías que nos miran con desconfianza, gente que llega en horario de viajar para ir al trabajo y que nos observa con mucha curiosidad, y un señor medio borracho que, cuando le comentamos que somos argentinas, insiste en hablar ¡de Menem!!!!!! Aunque también, obviamente, de Maradona.

En fin, mañana me voy de viaje, contra todas las previsiones agoreras de mi primera juventud. Estoy ansiosa y con algo de miedo pero feliz. Estoy segura de que no puede pasarme nada similar a lo de aquella madrugada en Eslovaquia, cuando después del estupor, tres argentinas perdidas en medio de la nada se rieron a carcajadas de semejante andanza.

Buenos Aires, 14 de febrero de 2002.


Mónica Marenda

Yo vi la luz

Yo vi la luz

Agradecemos a Gustavo Averbuj, que nos hizo llegar este texto de Mónica: Otro de sus Newsletters para Ketchum comunicación.-



Bueno, en verdad no es técnicamente así. Pero parece que la vida se empeña en querer acercarme a ella cada vez más: Primero fue un accidente de autos que me dejó bastante golpeada y ahora es un tumor que ha sembrado en mí, nuevamente, esa horrible idea de que no soy inmortal. Tengo cáncer. Así de simple y de terrible.

Sin embargo, y a pesar de la certeza de tener la espada de Damocles rondando en las cercanías, mi ánimo está por las nubes. ¿Maravillas del análisis? ¿La fuerza del amor? ¿Mis gatos que no me dejan ni a sol ni a sombra? (cada vez tengo un espacio más reducido en la cama). Todas estas circunstancias y la Poesía.

Sí, ese género literario que hasta hace poco no figuraba en mis elecciones, ni para leer ni para escribir. Pero resulta que la enfermedad ha logrado disgregar mi atención de cualquier texto que supere una página, y lo que no puede una novela lo logra un Puema, como decía Doña Petrona.

Es así como, en un estado de vorágine poética, no puedo dejar de leer poemas. Y paso de Alejandra Pizarnik a Juan Gelman, o de Oliverio Girondo a Olga Orozco, sintiendo cada palabra como una daga que penetra en mis entendederas de manera tan visceral como un cuchillo en el medio del estómago.

Ya el año pasado me había animado a la poesía, con mucha vergüenza y respeto. Pero luego del feroz descubrimiento en mi cuerpo, la poesía se hizo necesaria, casi tan terapéutica como esas drogas duras que cada 20 días me obligan a entregarme por mi bien.

Con vergüenza, y esperando su respeto, les presento una de mis últimas creaciones. Tengan piedad de esta poeta recién nacida y sepan comprender sus balbuceos.
Mónica Marenda

Vestirse a Oscuras

Escuela Contemporánea de Humanidades (ver su página web): En su Master en Creación Literaria, Moma cursó en los años 2003 y 2004 entre otras, las asignaturas " Construcción del mundo", Crítica y Lectura Profesional", "Cuento", "Las Artes de la Invención", "Mundo Real y Mundo Cuántico", "Novela" y "Técnicas de Escritura".
La selección de escritos que se presenta fué realizada por la misma MoMa.


Parece que al fin empezó el otoño y el despertador como si nada… enterate, todavía no amaneció. Miércoles. En fin, queda poco para acabar la semana ¡y para volver a estar solos! Los viejos no molestan demasiado pero la verdad es que el piso resulta mínimo para tanta convivencia. Otra mañana sin poder mirarme al espejo antes de salir (esto no se lo digo a Juan porque si no…). A ver qué lleva la gente en la calle… parece que hace frío… ¿No hay luz? ¿Cómo que no hay luz? … La puta madre… Es lo que siempre digo, no hay una puta diferencia con Buenos Aires, qué hago acá en Madrid, me querés decir qué hago. Y los viejos durmiendo en el living; aparte de no hacer ruido, de no poder mirarme al espejo, de no… ¡La reunión! Como que vaya mal vestida, las brujas van a sacarme el cuero a tajadas… qué mala leche… tranquila… a ver… este es el pantalón que usé ayer, tiene un poco descocido el ruedo y el cierre está…trabado pero ni se nota; sí, es el negro. Con qué me lo pongo… con qué… ya se, la camiseta bordó, que la vi colgada hace poco encima de esa tan bonita que me regaló Juan. ¡Ay! ¿Cuántas veces le pedí que guarde los zapatos cuando se los saca, cuántas? Zapatos por todo el cuarto… A ver… Esta tiene que ser la camisa de cuello punt… no, acá no hay cuello… esta parece la blusa de seda ¿la negra? si tuviera la certeza de que es la negra… aunque toda de negro, no se, mejor la bordó... dónde estará la camiseta bordó, si la vi colgad… ¿o está para lavar? Imposible, hace mucho que no la uso; estos son pantalones, este de cuero blandito es el saco marrón, más camisas, camisetas… ¡la bordó! Efectivamente, etiqueta en el escote, etiqueta en los costados, es la bordó. Mejor me apuro, si no esas brujas… mmm, tiene olor a perfume: como no podía ser de otra manera, está usada… ¿Pero a quién se le ocurre guardar…? La camisa de seda y basta… já, si es la negra, porque si llega a ser la roja sí que las brujas tendrán para… tiene que ser la negra, por el tamaño del puño lo parece, y los botones son más pequeños y ásperos que los de la otra, sí. Qué suave se siente la seda sobre la piel, y lo mejor es que no se arruga, aunque si no se arruga mucha seda debe faltar en esta camisa… Joder, un ojal de más o un botón de menos, qué hora será, ¿es que en esta ciudad no amanece nunca? Me pongo un par de medias largas, el pantalón y ya… éstas, me pongo éstas, me importa un bledo el color si total con las botas ni… ¡no me entran! Elenita, son las que se olvidó Elenita cuando durmió en casa… estas sí… ajá, como no podía ser de otra manera: rotas para que entre justo el dedo gordo… me las dejo igual, acordarme de tirarlas… estos tacos son los de las botas negras… en fin, toda de negro… ¿en qué agujero me engancho siempre el cinturón? Uno, dos… ¡el segundo! hoy empiezo la dieta, sin falta… luz, eso es lo que falta en esta puta ciudad; qué hago yo acá, me querés decir, qué hago, y el dedo gordo estrangulado en la punta de la bota… Mejor me apuro.


Mónica Marenda

Ver Jugar

Sentada en una silla enana, cuidando para no manchar su impecable traje azul, María elige pinceles de una caja llena de lápices de colores, crayones y acuarelas. Está rodeada de niños de tres años, que van de un lado a otro de la sala muy alegres y excitados. Algunos tienen sus manitos embadurnadas de pintura, otros aprietan un manojo de hilos, y otros han llenado de botones los bolsillos del delantal. Es una de las jornadas artísticas que organiza para la familia el jardín "La hormiguita viajera"; la de hoy es con los tíos, quienes están armando la maqueta de un paisaje junto a los chicos. El material, que éstos han traído de sus casas en días anteriores, está desparramado por toda la sala, y tanto chicos como adultos se han puesto manos a la obra tirados en el piso. Manuel, el sobrino de María, recorta con esfuerzo un círculo de papel glasé color amarillo. "Es un sol para colgar del cielo", le dice, mientras los demás seleccionan cartones, trozos de lanas y retazos de tela. María permanece sentada en la silla enana, preguntándose de dónde hubiera sacado tantas porquerías si ella tuviera hijos. Los otros tíos, en cambio, demuestran que sí saben qué hacer con esos desperdicios, y con los niños. Ella ve con qué dedicación los ayudan cuando los chiquitos abollan hojas de periódico para crear las montañas o forman bolitas de algodón para simular la nieve. María es abogada, y en su despacho tampoco sobran cosas. Tres niños en el fondo salpican de celeste y blanco el rectángulo de cartón descuajeringado que hasta hace instantes era una caja; tienen pintura hasta en las orejas. Manuel está con ellos, el sol agarrado con dos dedos. María se levanta, le quita con su pañuelo una mancha de pintura del cachete y le indica en qué lugar del cielo podría ir el sol.

Mónica Marenda

Últimas tardes con Teresa


ULTIMAS TARDES CON TERESA, de Juan Marsé.


En Ultimas tardes con Teresa la voz narradora se sitúa, casi como una cámara cinematográfica, detrás del protagonista masculino –‘los últimos noctámbulos les miran con curiosidad (la pareja de enamorados es extraña al paisaje…)’-. Ella lo ve todo y es desde ese ángulo como el lector se acerca a la historia. Las descripciones, entonces, no están ajenas a este punto de vista.
Cada descripción es un flash de conciencia del protagonista, lo cual queda revelado en los adjetivos que utiliza para hablar de lugares, gente y situaciones. Desde el fin de fiesta retratado en la primera página del libro hasta la supuesta descripción de una playa habitada por ‘caprichosos’ sombreritos de muchachas, sandalias ‘paganas’ en pies morenos de uñas pintadas, muslos dorados y ‘calmosos’, caderas ‘podridas de dinero’, cada una de las descripciones de la voz narradora -Manolo/autor- es una declaración de principios.
La cámara -voz narradora/mirada del muchacho- se mueve muy bien en los espacios, como queda reflejado en la descripción del cuarto de Maruja (va de una toma general a un primer plano de la foto colocada sobre la mesilla de noche). O en la de la vivienda del Cardenal, cuando en un solo giro describe el patio y las estancias de la torre. También sabe moverse con los personajes: ‘el señor Serrat, con sus altas espaldas ‘despectivas’.
En la novela, las descripciones son utilizadas para sentar posiciones frente al momento histórico en que la misma se sitúa y está escrita: los incipientes años ’60 en una Cataluña que se asoma a la modernidad de Europa, a las ideas políticas de avanzada, a la revolución cultural y a la caída de algunos estereotipos. Pero con una vuelta inevitable a cierto orden, más contemporáneo si se quiere, pero orden al fin.


Mónica Marenda

Ruido

El estallido retumbó en su cabeza, rebotó en las sienes y salió impelido como el grito más desgarrador que jamás haya emitido ser humano sobre la tierra. A eso le siguieron unas ráfagas intermitentes, cada una de las cuales parecía estrellarse con repiqueteo sordo contra algún paredón abandonado. Se sabía en el medio de la nada, o peor aún, inmerso en el caos estridente de un infierno habitado por lamentos. ¡Por qué nadie se callaba! Las mujeres aullaban enloquecidas y había varios niños que no paraban de chillar; los hombres, en cambio, vociferaban órdenes incomprensibles mientras un pitido agudo machacaba y machacaba. Todos parecían animales, todos.
Reptó entre los cascotes, sin contener la queja, y presa de un aturdimiento que por momentos lo hizo delirar. Supo que estaba en una guerra, y que las bombas explotaban dejando tras de sí un silencio breve que pronto se veía rebasado de órdenes inexplicables y griterío general. Se vio entre paredes derrumbadas y sintió el peso de kilos y kilos de escombros que caían en tropel. Y el maldito pitido poblando el infierno, un infierno de sangre, fuego y más chillidos. Instintivamente llevó la mano a cierta parte de su cuerpo sin saber adonde iba, y bramó un sonido áspero, desquiciado, salido de las mismas fauces del dolor. Apenas tocó la herida quedó envuelto en un silencio sepulcral que le revolvió el estómago. Pudo observar los restos, entre mareado y atónito, pero sin escuchar nada. ¡Qué paz!
Como cada mañana desde hacía meses, salió de la biblioteca aturdido de recuerdos y abombado por la realidad: ningún diario lo mencionaba entre la lista de desaparecidos. Ya no sabe qué hacer para demostrar que el día del atentado él estaba ahí dentro. Recién había llegado a Buenos Aires para trabajar en la construcción; sus colegas le habían asegurado que no había de qué preocuparse, que ser ilegal en Argentina no era problema.


Mónica Marenda

Paisaje

Sentada al borde del embarcadero, con los pies cayendo levemente sobre el agua, ella se convertía ante sus ojos en el espejo invisible del otro lado. ‘Debería verse siempre así’, le dijo. ‘Gris, como demacrada’, insistió, con la intención de que aquella frase lograra inquietarla. Hubo un silencio y otro. El entornó los párpados y volvió a mirarla; el pelo negro contrastaba, irremediable, con los albores de su cuello, y sin embargo la notaba en perfecta armonía con la niebla. El vaporetto dejaba tras de sí un oleaje calmo cuando él percibió, por un recorte de las sombras, cómo su piel se estremecía. Estaba seguro de que estos hombros habían sido tallados por si acaso para tal circunstancia: para interrumpir la diagonal de su mirada, para impedir una visión plena de allá enfrente, en donde apenas divisaba una columna y una estatua. Ahí arriba, el león con las alas desplegadas en solemne intransigencia tampoco parecía dar importancia a la llovizna. Bajo aquella luz, el perfil gótico de la ciudad le recordó a la tristeza. Pensó que esos edificios y su espalda formaban la imagen perfecta del ocaso.

Mónica Marenda

Huída 1

Que no suban, Dios, que no suban, retenelos un cachito más, hacé que se queden, que vayan en el próximo… metele con el silbato, macho, qué esperás…no puedo más, hoy tengo que llegar a verla…y este gordo qué me mira, se dio cuenta, ¡me cago en la puta madre! es funcionario, en día de franco, pasea en tren porque no tiene puta mierda que hacer de su vida, el muy cabrón mira aunque no pueda hacer nada, son como esos perros, lo huelen, lo llevan en la sangre…sí, sí, pitá, pitá…
Qué gusto, Dios, qué gusto el aire fresco, y gracias…te prometo que en la próxima pago el billete, pero Vos sabés que es por una causa justa, pobre vieja, sola en el hospital y con este hijo, no gana para sustos…no puedo más…quedate tranquilo, gordo, que en la próxima me bajo…


Mónica Marenda

Huída

Cada vez que el tren se detiene en una estación, el calor penetra fulminante, denso, visible, como si no aguantara el agobio de la propia atmósfera. Parece que el calor se adelanta a la gente, aún cuando la ansiedad de los pasajeros por relajarse en el frescor del coche hace que se abalancen hacia adentro ni bien las puertas comienzan a abrirse. Sin embargo, ahora mismo aparece un hombre, de repente, como salido de la misma densidad del aire, y se queda allí afuera, al rayo del sol. Intercambia un par de miradas con Carlos, que está sentado en el primer asiento justo frente a la puerta. Como el libro que ha elegido para el viaje no lo atrae, Carlos observa. Y lo hace con la avidez propia de su oficio, que no han podido quitarle los 15 años de trabajo en la sección Policiales del periódico de la ciudad.
Este hombre le llama particularmente la atención; está ahí, inmerso en los 40 grados de una estación de cemento y piedra, con chaqueta y pantalón negros, y no le corre una sola gota de sudor por el rostro. Tiene un pie en el andén y el otro dentro del coche, y ojea nervioso a izquierda y derecha. Cualquiera podría pensar que está esperando a alguien.
Al escuchar el pitido que anuncia la partida, el hombre sube al coche pero sigue mirando hacia fuera, alerta. Tampoco se sienta cuando el tren inicia la marcha, sino que se queda parado frente a Carlos, junto a la puerta. El hombre respira con un jadeo nervioso y Carlos descubre que ahora sí una gota de sudor sucio empieza a bajarle desde el nacimiento del pelo renegrido, para esconderse debajo del lóbulo derecho formando un surco oscuro. El hombre tira la cabeza hacia atrás y se apoya contra la puerta del coche: si no fuera por las dos manos que esconde detrás de la cintura, se desplomaría en cualquier momento. Carlos sabe que en la próxima estación el calor seguirá siendo fulminante, sobre todo para el hombre que desaparecerá, de repente, en la densidad del aire.

Mónica Marenda

Gesto 1

Se miró en el espejo y, como cada mañana, elevó la barbilla para estirar la piel del cuello antes de decidir si se afeitaba. Aunque el reflejo era evidente, sólo al pasar la mano por la cara se convenció de que esa barba de dos días, frente a semejantes circunstancias, era inviable. En silencio maldijo la hora de haber aceptado dar la conferencia: no tenía idea de cómo hablar frente a tamaña cantidad de gente, y encima, se había levantado con resaca. Sonrió, movió la cabeza de arriba abajo, y agradeció al aire. Se sintió ridículo, algo descompuesto. Desde que en la empresa le pidieron su ‘breve y desinteresada participación’ en el congreso, cada vez que pasaba frente a un espejo hacía las mismas reverencias. Seguía los surcos en la espuma con interés inusitado y así permaneció, absorto, hasta que hubo terminado. "Lo peor es que no puedo echar a nadie la culpa de mi fama", pensó, mientras se acariciaba la cara haciendo muecas con la boca. Enjuagó la maquinilla; unas palmadas con loción le dieron ánimo y hasta le parecieron un bálsamo contra la palidez y el mareo. Repasó su presentación punto por punto, mientras alisaba por última vez la melena engominada comprobando que cada pelo estuviera en su lugar. Luego apoyó las manos en el lavabo, y respirando profundamente, cerró los ojos. Al mirarse nuevamente en el espejo notó que una pequeña herida había empezado a sangrar. Resignado, sólo atinó a sonreír y agradecer al aire.

Mónica Marenda

Gesto

Como cada mañana se miró al espejo e hizo la mueca exacta para estirar la piel del cuello. Aunque el reflejo era evidente, sólo al pasar la mano por la cara se convenció de que debía afeitarse. En silencio maldijo la hora de haber aceptado dar la conferencia: no tenía idea de cómo hablar frente a tamaña cantidad de colegas, y encima, tenía resaca. Sonrió, movió la cabeza de arriba abajo y agradeció al aire. Se sintió ridículo y algo descompuesto. Desde que en la empresa le pidieron su ‘breve y desinteresada participación’ en el congreso, cada vez que pasaba frente a un espejo hacía las mismas reverencias. Hasta Susana le dijo que parecía un loco. ¡Y lo estaba! Todo el mundo creía que él era un excelente orador; y lo peor era que no podía echarle la culpa a nadie de su fama. Eso decía su currículum, eso había afirmado en la entrevista personal, eso parecía cuando presentaba proyectos a los clientes… ¡que nunca eran más de tres por reunión! Enjuagó la maquinita; un par de palmadas con loción le dio el ánimo que necesitaba. Se pasó el último peine por la melena engominada comprobando que cada pelo estuviera en su lugar. Volvió a estirar la piel del cuello, ajustó el nudo de la corbata, apoyó las manos en el lavabo y agachó la cabeza mientras respiraba profundo. Cuando se miró nuevamente en el espejo notó que una pequeña herida había empezado a sangrar. Era hora de cambiar la maquinita.

Mónica Marenda

EL TREN DE LA NOCHE


EL TREN DE LA NOCHE

En "El tren de la noche" la voz del narrador está identificada desde la primera línea, escrita en primera persona. Se trata de la detective Mike Hooliham, una mujer con nombre de hombre, una mujer en un mundo de hombres. Una policía que nos avisa que lo que vamos a leer es el peor caso de su vida (en apariencia un suicidio. Otro). Aunque con sus características más que particulares, esta debería ser para Mike una investigación más. Pero no.
Si bien el otro caso, el del suicidio, es ineludible en tanto instrumento para la narración, Amis lo transforma poco a poco en mero disparador para hacer hablar a Mike, para volverla sobre sí misma. Es así como, mientras va desgranando la investigación, Mike cuela las reflexiones sobre la propia vida, se desnuda, hace su propia autopsia. En este sentido, el autor coloca al lector en el lugar del detective, porque al leer la novela se está en presencia del informe final sobre cuerpo y alma de la protagonista.
Desde las primeras páginas, la voz de Mike ya nos advierte que lo que vendrá será una confesión, el buceo por la propia alma: el peor caso de su vida es darse cuenta de quién es ella. Y darse cuenta de que para ella también ha llegado el final, su propio tren de la noche.



Mónica Marenda

DONDE LAS MUJERES


DONDE LAS MUJERES, Alvaro Pombo.

En las primeras páginas de la novela los diálogos son costumbristas y banales: siempre corresponden a situaciones de la vida cotidiana. La gran mayoría de las charlas están acompañadas de acotaciones y reflexiones de la voz narradora, que no hace más que reforzar la rutina vivida, además de filtrar cierta información para conocer más de cerca hechos y personajes. Ella, la narradora, recrea en los diálogos esa atmósfera cierta, conocida, ese micro mundo de la isla, de la casa, de una familia de mujeres.
Sin embargo, a poco de avanzar, hay otro tipo de diálogos, entrecomillados e insertos en el texto sin sus consabidas -línea, texto, acotación-, que lo enriquecen porque hablan de temas más profundos para los personajes. El ejemplo paradigmático es la aparición, por primera vez en escena y en el diálogo entre madre e hija, del padre.
Es en esta primera referencia cuando el tono de los diálogos cambia: la voz del padre se mete en la historia intempestivamente y hace dar un giro a las conversaciones entre los personajes. Por un lado, el diálogo ausente entre el padre y Violeta –que se recreará más tarde sólo en la versión de la niña-, por el otro, el diálogo muy presente en el que la narradora se enfrenta por primera vez a otra versión de los hechos, esa que trae el padre y que instala, rompiendo un discurso hegemónico familiar de siete años.
En la novela, los diálogos están al servicio de un período de la vida en el que todo está por descubrirse; el paso de la niñez a la adolescencia y la adultez como una etapa hablada, en la que las hermanas sobre todo descubren sus nuevos mundos, unidos pero al mismo tiempo desgajados, a través de la palabra.
El otro gran diálogo aparece cuando la narradora se ve enfrentada a una verdad que desconocía: su verdadero origen. De nuevo las conversaciones se vuelven densas, con un contenido dramático que preanuncia el final.
Por último, la novela empieza con un diálogo y termina con un diálogo. En este sentido, los diálogos actúan a modo de cadencias en toda de la novela, marcando el ritmo de las estaciones, de los acontecimientos, del desenlace.


Mónica Marenda

DIÁLOGO CON RELACIONES

-No quiero ir, no me apetece.
Sin mirarlo, temiendo que su reacción la hiciera cambiar de idea, Mara giró la cabeza y miró a través de los cristales. Estaban sucios.
-Ya lo hemos conversado, coincidimos en usar estos meses para pensarlo mejor, inclusive hasta prometí no llamarte todos los días… Te quedas aquí sola para que me vaya con culpa y no te das cuenta de que así empeoras las cosas.
Carlos nunca había sido un tipo agrio. Pero cada día que pasaba desde la última Gran Charla hacía que su carácter se pusiera gris, pegajoso, como esa mugre que se acumula imperceptible en lo alto de las paredes y que uno sólo descubre cuando pasa el dedo. Metió en la maleta el pantalón negro doblado en cuatro y comenzó a revisar la biblioteca. En el viaje no iba a leer sobre ingeniería, eso lo tenía decidido.
-Si me llevas al aeropuerto podríamos parar en aquel restaurante de la última vez. Tienen una carta de vinos bastante interesante ¿te acuerdas?, sugirió sin dejar de mirar los libros.
-Sabes muy bien que no tomo si luego tengo que manejar. Y apúrate, que no tendrás tiempo de pedir lugar preferencial… Que Dios te ampare 10 horas acurrucado en esos asientos… Te podrían haber sacado un billete en Primera ¿o no eres un alto ejecutivo?, le lanzó. Estaba tan cerca de la ventana que la bocanada de aire caliente se estrelló contra el vidrio, empañándolo. Casi instintivamente, su dedo comenzó a dibujar. Carlos se acercó por detrás y la cogió de la cintura. Ella intentó un gesto para librarse pero sus manos siempre habían sido poderosas en esa zona.
-Ven conmigo, dijo a media voz, oliéndole el cuello. Hagamos el esfuerzo de creer, de poner esperanza…
-Já! Parece que estás puliendo el lenguaje…, dijo sin darse vuelta, también en un susurro, sintiendo cómo se alejaba más y más. La embriagaba subir al éxtasis desde la amargura, aunque no lo supiera todavía.


Mónica Marenda

DIÁLOGO

-¿Cómo que te vas a vivir con Antonio?
-Sí, mamá, y no empieces, por favor…
-¡Que no empiece! Hija, por Dios, ¡si ni siquiera lo conocés!
-Hace dos años que salgo con Antonio, mamá…
-¡Eso! ¿Y te parece tiempo suficiente? Yo con tu padre estuve seis años, y ni un pelo…
-Y eso te hizo sentir más segura al momento de casarte ¿no?
-Bueno, lo que se dice segura… Pero yo sabía todo de él… que los domingos al mediodía había que hacerle pasta, que le gustaban más los tangos que los boleros, que no me dejaba salir con ropa muy ajustada… lo que pensaba de la vida, bah…
-Y yo sé qué calzoncillos usa Antonio y no por eso estoy más o menos preparada... lo importante es que nos amamos.
-Amor!! Se llenan la boca hablando de amor, pero no saben lo que significa realmente.
-Eso suena a advertencia… ¿querés un café?
-cortado… Y no es una advertencia, es la verdad…
-Mamá, en cuestiones de amor no se puede hablar de ‘verdad’… es una afirmación muy dura para referirse a un sentimiento que es tan particular... Yo no podría definir el amor, por más que esté súper enamorada…
-Me das la razón, entonces.
-Razón, verdad… ¿te das cuenta? Imposible hablar de amor en esos términos…
-A ver, decime vos, licenciada, en qué términos hay que hablar del amor…
-Por ejemplo, yo lo veo a Antonio y todo lo que fue malo durante el día, pasa… Y si por el contrario en ese momento estoy alegre, siento que toco el cielo con las manos ¿me entendés? Es como que no puede haber felicidad más completa… Lo miro y me siento orgullosa de él, por todo lo que ha logrado estando yo a su lado y porque ahora lo quiera compartir conmigo… Lo mismo le pasa a él… Me siento segura, como centrada, no sé cómo explicarlo.
-Ana, sos muy joven todavía, te queda una vida por delante, un montón de experiencias que es mejor pasarlas siendo soltera…
-Mamá, qué decís, vos te casaste a los 21 y todavía siguen juntos…
-Justamente… No sabés las que te esperan… ¡30 años!... todos los días la misma rutina y la misma cara… las discusiones porque la plata no alcanza, su frustración callada y triste por el mismo trabajo desde siempre, la mía por los platos y la ropa…
-… y el té cuando estás enferma, y el ramito de violetas para inaugurar el invierno, y las caricias en el cuello cuando estás cansada, y los hijos…
-Pero vos estudiaste, se supone que tanto esfuerzo no debería terminar así…
-¡Mamá! ¡Que me vaya a vivir con Antonio no significa que tire todo por la borda!... al contrario… El amor te da fuerzas inimaginables, para ser todos los días un poco mejor, para seguir gustándole, para soñar un futuro en común, para hacerse viejitos juntos, así como vos y papá…
-Bueno, bueno, parece que de verdad estás enamorada… ¡porque imaginar la vejez como un idilio…!
-Es obvio que hoy no era el mejor día para darte esta noticia.
-Ya lo creo… Cuando le cuentes a papá…
-¿Qué?
-Nada, nada… Qué te parece si le hacemos milanesas con papas fritas para la cena… sabés que con eso…mitad de la batalla ganada, digamos… A propósito… ¿Cuánto decís que falta para el invierno?


Mónica Marenda.

DESGRACIA


DESGRACIA – J. M. COETZEE

David Lurie es profesor en una universidad de Ciudad del Cabo, la ciudad más importante del Africa blanca. En el momento en que comienza la acción ha vivido una reforma educativa por la cual de enseñar lenguas modernas ha pasado a ser titular de dos materias que poco le interesan y de nada le servirán en los hechos por venir: Fundamentos de Comunicación y Conocimientos Avanzados de Comunicación. Sin embargo, la universidad, para ‘levantar la moral’ del cuerpo docente, le da la oportunidad de impartir una asignatura especializada sin importar el número de inscriptos. El elige a los poetas románticos, entre los que se destaca Byron. Se nota que este escritor lo subyuga, porque lleva años queriendo crear una opera sobre la época en que Byron vivió en Italia junto a su amante Teresa. Lurie tiene 52 años y es, sobre todo, un Don Juan. Un Don Juan finisecular y algo misógino.
En estos elementos queda planteado el motor de la novela: él y su deseo, él y su decadencia, él y su resignación.
David Lurie es el alter ego de Byron, y como tal, también de sus personajes. Byron es el hilo conductor de toda la novela, a través de sus versos y de su historia. Pero Lurie no se parece en nada a un héroe romántico; él tiene una postura cínica ante la vida. Se dice preso de su deseo y no sabe medir las consecuencias, o no le importa. Como el ángel caído, es un bulto que anda errante en el mundo de los sentidos sin posibilidad de ser amado, condenado a la soledad.
Como Byron, debe huir al extranjero (el Africa negra) para aplacar las voces del escándalo. Como Lucifer, es la desgracia en sí misma, es un monstruo que modifica para mal todo lo que toca, que actúa por impulsos, sin moral. Que siempre quiere hacer su voluntad. Y eso es inadmisible en el paraíso.
Es, además, como ángel de la muerte, el incinerador de perros (emisarios del maligno), el que los lleva a su reino, a la morada final.
Lurie no puede escapar a su destino de ‘desterrado’ de la vida, del deseo, de la juventud. Es doblemente juzgado y expulsado. En el punto de inflexión de su vida, vive en carne propia el juicio de la historia en esa Africa negra que le hace pagar a él y a su hija los males de la opresión blanca. Se da cuenta de que este no es su mundo pero tampoco lo es el otro; de nada le sirve la comunicación para evitar este salvajismo, estos nuevos códigos. Por primera vez se siente desamparado, y sus impulsos vitales no cooperan para nada; aquí y ahora, su desfachatez y vanidad no le sirven. En este universo tampoco puede hacer su voluntad.
Pasada la hecatombe, llega de a poco la resignación. Resignación como oposición y renuncia al deseo, al menos como lo había conocido hasta el momento. Es en este momento cuando empieza a dar forma a la ópera que nunca había creado. Utiliza un tono irónico porque, como Byron y Teresa, se sabe presa de esta comedia burguesa que es la vida. Una vida que, como él y como su ópera, carece de acción, está tullida, famélica, deforme. Sin esperanzas.
Pero resignación también quiere decir re signarse, re significarse, aceptar ser otro distinto, aceptar la vejez, aceptar la muerte. Volver a ser humano.



Mónica Marenda

CARTA

Hola Mauro:

Hoy en el cole me acordé de vos porque no estabas. Te extraño más que nada en los recreos: era ahí cuando nos reíamos de todos, de cómo le pifiaban a la pelota, hasta los que parecían una promesa (no ha cambiado mucho, te lo aclaro). ¿Qué tal el equipo del Nacional Buenos Aires? ¿La chapa de Mejor Colegio de Argentina se luce en la cancha? Un día de estos le pido a mi abuelo que me lleve y me doy una vuelta por el campeonato.

Que vos estés lejos me pone triste, más ahora que tampoco está mi papá para entrenarme. Ando medio avergonzado, como si no tenerlo me dejara en desventaja frente al resto. Sobre todo cuando voy a la canchita. ¿Qué sentiste vos cuando se murió tu viejo? Me acuerdo que una vez me lo contaste. Se nota que era un tema que no me interesaba demasiado.
Tenías mi edad, de eso sí tengo registro. Y jugabas al fútbol, como yo (no tengo intención de ser profesor de gimnasia, te lo aclaro). Papá quería que fuera Ingeniero, siempre lo decía, ‘para continuar con el negocio familiar’ (con la fábrica de repuestos, bah). Nunca le dije que mi sueño es ser Investigador. No sé muy bien de qué, pero Investigar. Me imagino que vos estarás pensando que debería jugar al fútbol. Eso también lo pensaba mi papá.
Sufrió mucho, sabés, yo no quiero sufrir así cuando me muera. También me da mucho miedo que mi mamá pase por lo mismo. Ella está muy triste, si la vieras no la reconocerías, parece más vieja, creo que le salieron canas. ¿Tu mamá también se puso así?


Bueno, Mauro, espero no haberte amargado con mis noticias. Suerte en el campeonato. Espero que un día de estos vuelvas por el pueblo. Por las tardes siempre estoy en la canchita.
Joaquín.

UN MUNDO PERFECTO


-Vamos a ver, parece que tienes problemas con la construcción del mundo.
Al otro lado de la línea, suspiré aliviada. Fue esa frase, y los segundos que le siguieron, los que operaron el milagro de hacerme recuperar un estado de calma que hacía meses había perdido. ¡Al fin alguien me entendía! (Sí, le contesté, y mi tono sonó tan melodramático como lo exigían las circunstancias: estoy en una encrucijada).
Tamaña sensación sólo podía tener asidero en los últimos avatares de mi vida. Había llegado a Madrid seis meses antes, con fuerzas renovadas y un estado de ánimo bastante inusual para mi carácter. Increíble, porque morir había sido mi alternativa, y yo pude llegar hasta aquí, salir adelante. Con fuerza y talante.
Recuerdo que las primeras semanas fueron de una intensidad casi cinematográfica. Deseaba, entre otras cosas, tener un hijo con el amor de mi vida. Tener un hijo y escribir, dos proyectos demorados por circunstancias. También venía decidida a no trabajar, que ya había entregado yo más que suficiente desde los 18 años. No cabían dudas: mis objetivos, si bien ambiciosos, eran muy claros. Al menos para mí, que había aprendido a reírme de la solemnidad de la vida aún en los momentos de mayor desasosiego.
El peso propio de los días trajo consigo lo más rutinario de la realidad y yo me sumergí en él tan mansamente. Hacía lo correcto. Por otro lado, mis planes seguían adelante; nuestro hijo vendría cuando menos lo esperara, no trabajaba fuera de casa, y había encaminado mi estancia legal en Europa gracias a una serie de trámites engorrosos pero necesarios. Inclusive tenía médico, y el respaldo de un hospital público en donde seguir mis rigurosos controles. De escribir, ni noticias, pero ya llegaría.
Todo estaba bajo control, salvo algún contratiempo con el amor de mi vida que para ese entonces se mostraba un tanto ofuscado porque veía que yo no trabajaba mientras él lo hacía todo el día, llevando a cabo una experiencia interesante pero agotadora. No alcanzaban para conformarlo ni siquiera mis mejores comidas, y eso que soy una excelente cocinera. Algunas dudas habían empezado a asaltarme. Discutíamos por minúsculas cuestiones que siempre escondían un trasfondo denso ¿qué hacíamos en Madrid? ¿Queríamos en verdad tener un hijo? ¿Cómo sobrevivir en este cuchitril de dos por dos sin pensar que el mundo es una mierda?
El verano ya se imponía en la ciudad con la furia más encarnizada de los últimos 50 años. Viajamos a Marruecos de vacaciones, un regreso intempestivo al tercer mundo
con todas las reflexiones que ello me acarrea. Y esta culpa tan molesta. Fue una gran experiencia; yo, casi la Jane Bowles de Bertolucci, lo digo por las moscas.
Para ese entonces obtenía la residencia como estudiante y estaba feliz porque iba a cursar un master que me haría escribir. Encima, por circunstancias, había conseguido un trabajo. Una porquería de trabajo, pero dada la situación y como está la cosa en España, sin chistar. En la entrevista de trabajo me habían preguntado si tenía hijos (no), si estaba acostumbrada a la ciudad (sí), si tenía disponibilidad para viajar (por supuesto), pero ¿y el master? (no importa, el amor de mi vida y yo tenemos claro que lo más importante es trabajar).
Así, promediando agosto, presa ya de profundas contradicciones, empecé a levantarme todos los días a las 8 para regresar a casa 10 horas después. Me quedaba el aliciente del master, que pronto arrancaría. Repasaba una y otra vez el cuadernillo en el cual se revelaban, con nombres rimbombantes, las materias que me harían escribir: los lunes, Técnicas de la Escritura; los martes, La Construcción del Mundo; los jueves, ¡Mundo Real y Mundo Cuántico!, y Técnicas de Relato Breve. Una fiesta para esa escritora que, estaba segura, esperaba agazapada el momento preciso para conquistar el mundo.
A un primer viaje laboral demoledor le siguió otro, y otro más. La relación con el amor de mi vida seguía su cauce, el niño no llegaba, y yo ¿haciendo qué en Madrid?, interrogante que se clavaba en las pocas horas libres que ahora disfrutaba en un piso bastante más confortable.
Hasta que mi jefa no definió la agenda de viajes de los tres meses siguientes, en la que me tocaba estar fuera de la ciudad cuatro martes cada 15 días, no me comuniqué con la escuela para darles a su vez mi agenda. De manera muy sabia, y luego de terribles devaneos que me habían mantenido en vilo días y días, había decidido cursar el master en dos años en vez de uno. Me pareció la decisión más justa para el amor de mi vida, para mis jefes, para mis amigos. A todos les había prometido dar lo mejor de mí, y no era cuestión de defraudarlos justo ahora.
Llamé a la escuela un martes, a una semana exacta de empezar. El primer golpe fue escuchar a una secretaria que me decía algo así como ‘al fin nos has llamado’. No sé por qué, intuí que aquella conversación iba a ser difícil. Sin embargo, muy convencida de mí, segura, largué toda la parafernalia de mis últimas decisiones. La secretaria, lacónica como pocas, sólo emitió un monosílabo y tres palabras: No, me dijo, eso es imposible.
Me sentí mareada. Las explicaciones que escuchaba, de lo más lógicas debo reconocer, eran invisibles a mi razón, una de las más cabales que he conocido. ¿Cómo era posible?
Mi estupor debe haberse notado porque aquella niña me dio la opción de hablar con el director del master, al que encontraría recién dos días después. Esas noches se hicieron eternas, plenas de fantasmas y conclusiones erróneas. Menos mal que el bochorno había cesado.
Y ahí estaba, aliviada, en calma. Ya había escuchado la frase que lo resumía todo.
-Vamos a ver, parece que tienes problemas con la construcción del mundo...
(-…sí, estoy en una encrucijada...)
-Ajá, eso lo puedes solucionar cursando en febrero una materia equivalente…
Por primera vez en meses volví a reírme de mí misma.
Mónica Marenda.

TIEMPO- TEMPO


Ayer llegué a casa como de costumbre, a eso de las 8. La noche tendía una neblina terca sobre la ciudad y parecía no animarse de nuevo a la lluvia. Una humedad glacial cobijaba el ambiente, tornándolo más gélido, y sin embargo la gente inundaba la calle haciendo caso omiso al frío. Cuando abrí el portal del edificio –que estaba cerrado, como casi nunca-, me encontré con una gata pequeña que, hecha un bollo, me miró asustada. Si hay algo que me conmueve en el mundo son los gatos; en Buenos Aires tengo dos. Así que subí a casa, dejando atrás a la gata que aullaba desesperada, con la firme decisión de dejar mis cosas y volver a socorrerla.
Siempre me encantaron los gatos, literalmente: generan en mí una especie de hipnótico placer y una tranquilidad rayana con lo absurdo. Como las viejas locas que deambulan por los parques públicos, yo con los gatos hablo. Y no sólo eso, lo nuestro –con los míos, quiero decir- eran verdaderos diálogos, en los que casi siempre estábamos de acuerdo. Esta rutina me había traído algunos inconvenientes con el resto de la gente, que muchas veces prefería no verme a tener que compartir el espacio con mis cuadrúpedos malcriados.
Esta gata, ya lo presentía, no sería la excepción. Había subido un tramo de escalera y estaba en silencio; al verme maulló desesperada, y aquellos gritos, mezcla de terror y abandono, calaron más que el frío. La agarré entre mis brazos, la acaricié, le hablé bajito. Ella se dejaba hacer, resignada, sin el más mínimo atisbo de huir. Sus rayas gris oscuro sobre un fondo color canela me recordaron de inmediato a Mina, la felina porteña. Igual que ella, las delicadas y finas patas eran casi negras. Subimos juntas otro tramo de escalera y entramos al piso.
Mina había llegado a mi vida antes de lo aconsejable, ya que todavía no había sido destetada. Pero los dueños de la madre no podían con la carga de una lechigada de seis, así que se deshicieron de los bichos de inmediato. Lo curioso de este animal es que su padre es mi gato Paco, un bello ejemplar de angora blanco. Cierta vez fue requerido para calmar el celo de una siamesa y así nacieron tres gatos blancos de pelo muy corto y tres gatas como Mina, ella tan hermosa como extraña: rayada en gris con fondo canela, patas casi negras, orejas finas y puntiagudas, pelo corto pero sedoso, y paladar negro. Lo único que la diferenciaba de la gata madrileña eran sus ojos, rasgados y profundos. Sin embargo, en ambas miradas se notaba la tristeza.
La gata de acá iba y venía, ya sin maullar, inspeccionándolo todo. No se quedaba quieta un segundo. Era evidente que este animal había sido cuidado y conocía el afecto, ya que no se resistía a las caricias, y porque, además, hablaba. Sin embargo, las pupilas dilatadas seguían confirmando el terror que significa el abandono en una casa extraña, entre otros brazos, ante un idioma idéntico pero no. Un desarraigo que sería difícil de remontar, y que afirmaría sus ojos tristes.
Mina siempre fue una gata muy dulce, pero sólo conmigo, porque mantenía un exilio porfiado dentro del armario o debajo de la cama cuando en casa había un extraño. Y siempre supe que nunca se había olvidado de aquel destete prematuro y un viaje en taxi, maullando aterrorizada, entre mis brazos. Ni del encuentro con aquel gato blanco que durante días la persiguió, no entendiendo demasiado qué pasaba, y al que sin embargo logró adoptar como madre, chupándole las tetillas inútiles durante meses.
Le puse leche a la gata madrileña pero olisqueó y no tomó ni un sorbo. Tampoco quiso atún, la única comida más o menos gatuna que había en el departamento. Con la gata en la falda escribí cuatro papelitos, en los que daba cuenta de su paradero, con la idea de avisar a los vecinos, cada uno en su propia puerta. Mientras la acariciaba, dejé los papeles listos sobre el escritorio y a través del cristal me perdí en la noche que al fin había dado permiso a la lluvia, nuevamente. La gata ronroneaba y se animó a restregar su cabeza contra mis manos, que seguían acariciándola. Agarré el teléfono y llamé a Buenos Aires.
Mónica Marenda

RELATO IDEA POETICA

SE BUSCA

Hugo Tolosa dobló hacia el Rastro con el sol ya calcinante y la intención de desayunar. Esta mañana me levanté con el pie derecho y no me duché, mala señal. En el bar lo miraron raro: aquellas eran más bien horas para una caña y un pincho de tortilla. Pero cómo pueden… Tomó con pudor el café con leche, agarró la media luna (cruasán, ¡qué tupé!), y se apuró para volver a la calle. Hasta que entrara a trabajar, recién a las dos, podía hacer lo que quisiera. Tal vez le interesara detenerse en un kiosco y hojear algunas revistas para enterarse de una vez de qué va la cosa en este mundo; pero qué me importa. Todos los días igual: esa misma sensación de estar haciendo lo correcto que no lo dejaba en paz. Pensó que acá sería distinto, que cambiar de ciudad, de continente, de cultura, serviría para poder hablar de identidad, de la suya, de la que los demás sí veían y él no alcanzaba a distinguir. ‘Todas las hojas son del viento…’, tarareó a Spinetta.
Su trabajo en el periódico consistía en editar los anuncios clasificados. Había tenido suerte con el empleo, porque estar en el diario más notable del país le generaba un halo de importancia entre su gente que nunca antes había conseguido, ni cuando de muy joven escribía artículos para el vespertino de su ciudad. No importaba que la tarea en sí fuera verdaderamente innecesaria, porque poca cosa había para corregir en dos o tres líneas de un anuncio, salvo colocar bien las abreviaturas, cuidar que luego de un punto no saltara por default una mayúscula, y cosas por el estilo. Como nadie controlaba su trabajo, a veces se permitía la licencia de acomodar las piezas de acuerdo a su lógica. Le gustaba referirse a las palabras como partes de un juego, no ajedrez, que nunca había aprendido.
Pasó por delante del kiosco y sólo miró de reojo las portadas; qué caricaturas, por Dios, nadie podría haberse inventado mejor que éstos a sí mismos. Y los periódicos… Papel y más papel para hablar de casi cualquier tema, y decir nada. Levantó la vista: la ciudad se le antojaba más gris que nunca, a pesar del sol. Y más sucia. Tantas fachadas tapadas, tanta obra de reconstrucción; era mejor antes, cuando estos barrios funcionaban como centros de refugiados.
Iba por las angostas aceras pensando en las veredas anchas que hacía cinco años no caminaba. De a poco esta ciudad, como aquella, se va poblando de pobres, de gente que pide, de tipos que tocan melodías insoportables en el metro.
Ahora sí le apetecía una cerveza. Se metió en el primer bar aunque odiaba las tragaperras. Cómo pueden… Pidió una caña y cogió el único periódico que estaba a la vista. No era el suyo. Por defecto profesional ya, fue directo a la página de los anuncios. Le llamó la atención uno, que no se parecía a los que él pulía con indiferencia día a día. Tragó de tal manera que la cerveza pasó por el gaznate como una cuchilla. Anotó el número en una servilleta. Esa sería la llamada del día.


Mónica Marenda